martes, 15 de enero de 2008

UN VIAJE A LA NOSTALGIA (XLI) "Un paseo por el dolor, con cierto aroma a canela"



UN PASEO POR EL DOLOR, CON CIERTO AROMA A CANELA
Rodrigo D’Ávila



Creo habremos de convenir que la naturaleza, la providencia o lo que quiera que exista, si es que hubiera algo más que se encuentre por encima de nosotros los mortales y de alguna manera dirija, influya o siquiera supervise nuestras andanzas y destino; digo que una gran parte de quienes lean estas líneas, estarán conmigo en que ese ente es sabio o cuando menos domina bien lo que hace, pudiera decirse que es un gran profesional.

Viene este introito a cuento para ratificarme en la tesis que sostengo -y pienso que conmigo muchos- de que las malas experiencias, el dolor físico y también el otro, aunque éste se demore algo más, termina a lo largo de la vida por caer en el pozo del olvido, o a atemperarse hasta límites que jamás pudiéramos imaginar en el momento mismo en que acontece el accidente, desengaño o hecho luctuoso.

Tendría seis años o así cuando, para evitar los constantes y repetitivos ataques de “amigdalitis”, mis padres optaron -como por otra parte entonces era habitual- por cortar por lo sano, en este caso lo enfermo.

Y ahí me tienen, una mañana de otoño, caminando de la mano de mis progenitores, como un hombrecito, sin saber muy bien donde iba a meterme. Desconocía que al poco abandonaría el lugar algo más ligero de peso, y eso que entonces -¡qué tiempos aquellos!- lo único que no me sobraban eran kilos.

Subimos al primer piso y allí aguardaba el otorrino. Una enorme bata blanca o mandil, el embozo protector que aún no cubría su nariz y boca, y una sonrisa solícita en exceso bastaron para ablandar mi ánimo otrora entero. No obstante, pensé para mis adentros, no podía desfallecer en ese momento, yo que bien ganada fama tenía de valiente -y perdón por la inmodestia-.

Por ello, y porque también pensé que resistirme en ese último momento era actitud, a la par que nada gallarda, inútil, consentí en traspasar aquella alba puerta, con las piernas temblando cual Jarabo -aquel asesino, postrer reo de garrote vil- que tiempo antes había estado muy de moda en nuestro país.

Sobre las piernas de mi padre, cubierto de una sabana que más parecía un sudario, bajo una potentísima luz que me cegaba, me obligaron a abrir la boca encajando en ella un aparato que impedía la cerrara. Un golpe de éter que alguien vertió sobre la gasa que me cubría nariz y boca -entonces nada de inyección ni control por anestesiólogo que valiera- y todo mudó a rojo. Aquello es lo último que recuerdo antes de despertar en mi cama, rodeado de familiares y amigos que comentaban lo valeroso que había sido.

Creo fue por aquellos días cuando establecí mi actual récord de degustación de helados en menor tiempo, puedo asegurar que no está en el Guinness porque entonces esa moderna imbecilidad aún no se había inventado. Los subían del cercano Pepillo -“La Flor Valenciana” y sus parientes “Los Valencianos” a esas alturas ya habían cerrado-. Los sabores: leche merengada, mantecado y tal vez chocolate, en aquella época no había más.

Seguro pasé algún tiempo molesto hasta que la cosa cicatrizó. Sin embargo, volviendo al principio, esas molestias las olvidé enseguida. La única sensación que ha sobrevivido al tiempo acaso haya sido el sabor a mantecado y leche merengada con su aroma a canela, todo mezclado con ese regusto tan peculiar, entre dulce y salobre, que deja la sangre, tu propia sangre.

miércoles, 2 de enero de 2008

UN VIAJE A LA NOSTALGIA (XL) "Embrujos de andar por casa"





EMBRUJOS DE ANDAR POR CASA
Rodrigo D’Ávila


Ahora, con la libertad que me proporciona este viaje de fantasía, me remonto a la prehistoria o casi. Se trata de uno de los primeros recuerdos que conservo, y como tal aparece y se desvanece igual que aquellas imágenes de los primitivos fotógrafos, época heroica del trípode y postmagnesio, que trabajaban en los parques tras sus viejas cámaras cubiertos por un trapo negro, destapando y tapando de nuevo el objetivo. Así se me presentan ahora esas semblanzas de entonces, a caballo de una luz y penumbra alternativa, eso sí, en tonos sepia.

Es muy de mañana, de la mano de mi abuela y acompañados por una doncella de oscuro terno, bajo impoluto delantal blanco y enorme cesta al brazo, recorremos el itinerario que nos llevará al Mercado Chico un viernes cualquiera, de cualquier año, en cualquier tiempo a principios de los sesenta.
Caminamos por la calle Generalísimo -con perdón-, Alemania y Reyes Católicos. Los primeros rayos de sol, al besar los cristales, parece jugaran al escondite con los viejos edificios de balcones colgando; ora sí, ora no se estrellan contra mis ojos. Todavía retengo aquella molesta sensación que me obliga a mantenerlos entreabiertos. Ahora sombra y de inmediato sol, brillo-opacidad, penumbra-fulgor.

Llegamos a la pescadería de toda la vida, la de Gregorio, mi abuela ordena - siempre mandó mucho-; hace el encargo que recogeremos a la vuelta. Algo de merluza, un poco de vertorella y poco más, los métodos de conservación de entonces no aconsejaban un aprovisionamiento exagerado.
Nos despedimos del pescadero y continuamos la andadura hasta el mercado de los viernes en la recoleta plaza, siempre acomplejada por la otra, que recuerdo más o menos como hoy día.

Nos detenemos en varios puestos, mi abuela sigue su inspección, revisa frutas, hortalizas, verduras… Medio en broma, medio en serio -que es como se deben insinuar estas cosas, aunque ella se andaba con pocas chanzas-, advierte a los paisanos del riesgo que corren si estos tomates no resultan tan sabrosos como parecen, o si esa coliflor no sale lo tierna que el hortelano asegura.

Finaliza la compra, la cesta cargada y, tras saludar a las dueñas de una tintorería -amigas de la familia- y recoger el pescado, retornamos a casa. Mi abuela no es muy dada a charlar con la gente por la calle, en todo caso saluda a los conocidos que se encuentra y se escuda en la prisa para evitar la cháchara, que como ella dice: “a nada conduce y a nadie sirve”.

(Otro recuerdo se entremezcla con estos, seguro no sucedió el mismo día, aún así lo relataré como epílogo)
Ya estamos en casa, hoy, como tantas veces comeré con ella y con mi tía. Una vez la compra depositada en la “fresquera” (como su nombre indica el habitáculo más frío de la casa, orientado al norte) se dispone todo para la ritual preparación de la comida. En esto que, un sonido agudo, penetrante y continuado invade la casa, no sabemos de que se trata, lo cierto es que va in crescendo y parece procediera precisamente de la fresquera, donde acabamos de depositar frutas, hortalizas, pescado…

No se me olvidará nunca, mi abuela, tranquila como en ella era habitual y con toda la naturalidad del mundo, afirma sin que se la mueva un cabello: “Eso van a ser las coles de Bruselas, seguro están embrujadas”.

Creo que éstos se encuentran entre mis más rancios recuerdos, esos que el viejo Freud localizaría casi en el subconsciente, y que de tarde en tarde afloran como si algo o alguien pretendiera jamás olvidaras el principio. Es probable que con los años tornen más recurrentes y poco a poco vayas completando el círculo.

(*) Por cierto, el ruido venía provocado por el teléfono, que por lo visto alguien no había colgado bien.

domingo, 9 de diciembre de 2007

UN VIAJE A LA NOSTALGIA (XXXIX) "Testigos de piedra"





TESTIGOS DE PIEDRA
Rodrigo D’Ávila


De la garita al “bolo” y de éste a la barra, tres pasos, y vuelta a empezar en el mismo o diferente orden; el más difícil y peligroso: garita - barra o viceversa. A este arriesgado ejercicio de equilibrismo dedicábamos horas de nuestro ocio que entonces constituía una parte decisiva de nuestra vida, en realidad bien se podía decir que era nuestra vida.

Sobre esa suerte de obelisco coronado por la Santa, el monumento a las glorias de Ávila que preside el Mercado Grande, se desarrollaron una gran parte de los momentos de la niñez de muchos de nosotros.

Ciertamente no estoy seguro, sin embargo juraría que la base, y puede que también los monolitos acabados en punta piramidal - “bolos”- así como las barras que lo circundan, no son los mismos que antaño. Puede que se perdieran en el traslado desde su exilio del “Recreo” cuando los años en que la plaza toda era un simple garaje, igual que lo fue Santo Tomé. Acaso sea yo el errado y continúen siendo los originales - ¿qué sé yo? - quizá quien haya crecido sea uno mismo y estos mudos testigos de tiempo, forjados en sólida piedra berroqueña y macizo hierro fundido se mantengan tal cual, idénticos, sujetos a la personal mirada de nostálgicos exploradores de recuerdos.

Tanto da lo uno como lo otro, ahora retornan a mi memoria luminosas sobremesas de otoño, soberbios atardeceres de estío o inhóspitas noches de gélidos fríos saltando, siempre intentando cabriolas, pretendiendo - inconscientes - el más difícil todavía: pasos en barra - “bolo” y brinco a garita. He de reconocer, sin asomo de falsa modestia, que no era yo de los más hábiles en tan sofisticada disciplina; mis disgustos, golpes en rodillas, muslos y otras zonas menos nobles me costaba esa impericia. A propósito de esto, diré que los había verdaderos profesionales en este menester que volaban sobre barras y piedras, ahí va el alias de uno de ellos, el primero que se acerca a mi encuentro: “demonio”, “el demonio”. Tal era su destreza, que uno corriendo con los pies en el suelo persiguiendo al acróbata que evolucionaba por arriba no fuera capaz de acercársele siquiera.

Sancho Dávila y los demás Dávila, Juan de la Cruz, Pedro del Barco, El Tostado, Isabel de Castilla, Pedro Lagasca... a fuer de verlos ya nos parecían casi de la familia. Entonces no conocíamos los méritos que les habían hecho merecedores de lucir sus nombres esculpidos en piedra. Qué grandes hazañas en tenebrosas y lejanas tierras habrían alcanzado, qué libros escrito, en qué batallas vencido o sucumbido, o en fin, cuantos infieles convertido. Daba igual, aquellos personajes, la mayoría varones - aunque en realidad las féminas fueran se puede decir que aún más célebres y recordadas - estaban allí, ajenos a las miserias del día a día y por derecho propio, observándonos, vigilantes, acaso sorprendidos... ¿Quién sabe?

Cae la tarde, los últimos rayos de sol encienden la efigie de la Santa y el monumento todo tiñendo de un pálido ocre este nuestro particular obelisco. Nos vamos, embobado miro otra vez, ya la última, sus nombres grabados a golpe de cincel como si me despidiera hasta mañana; sí, mañana, cuando tornaremos para molestarles en su permanente vela, a perturbar su sueño eterno con risas y juegos. Y así día tras día hasta que, en una de estas, nos sorprenda la madurez y ufanos, con cierto aire de aprendices de hombres debamos abandonar definitivamente ese fascinante cuento de hadas que siempre ha sido y será la infancia, y en aquel tiempo también la adolescencia.

miércoles, 28 de noviembre de 2007

UN VIAJE A LA NOSTALGIA (XXXVIII) "Fragor de destrucción, sinfonía en el ocaso"



FRAGOR DE DESTRUCCIÓN, SINFONÍA EN EL OCASO
Rodrigo D’Ávila



Rugen enérgicas las embravecidas máquinas en tanto que, como yo, decenas de curiosos se arremolinan en el Mercado Grande para admirar el espectáculo. Con apariencia de animales mitológicos, quizá prehistóricos, colosales ingenios concebidos para destruir comienzan su trabajo: se trata de abatir aquellas edificaciones que con los años -puede que desde siglo XIX incluso antes- poco a poco, como si buscaran el amparo y protección que a sus pies antaño siempre gozaron, han ido adosándose al lienzo de muralla que da a la calle de San Segundo.

No hace muchos años de esto, sucedió a finales de los setenta, fue entonces, finalizados los penosos trámites administrativos de expropiación, tal vez desahucio, cuando por fin logramos contemplar algo de lo que se han visto privadas varias generaciones de abulenses.

A mi espalda escucho los comentarios de otros que, desocupados o no, asisten a esta reglamentada orgía de estragos:

- ¿Te acuerdas? Allí estaba aquella mercería y pegada a ese cubo casi en el mismo arco, justo en el rincón, la diminuta libreria-papeleria que tan bien conocí - dice un hombre ya maduro a otro de su misma quinta.

- Sí, desde luego, y más allá la zapatería y aquel bar. ¿Cómo se llamaba? ¿La Viña? ¿La Parra? Con su soberbia barra de cinc sobre la que no cesaba de correr el agua limpia - responde el otro. Me vuelvo y... podría jurar que sus ojos brillan y se humedecen.

El estruendo sigue. Cascotes, vigas, piedra y tejas caen entre descomunales nubes de polvo que elevándose por encima de las almenas se pierden entre los grisáceos nimbos de esta oscura tarde acaso otoñal.

El maquinista, muy profesional, prosigue su trabajo; probablemente no tiene plena conciencia de su papel: desenmascarador de un arcano oculto durante años, ignorante émulo de aquellos caballeros que, a la vuelta de las cruzadas, despojaban a su dama del velo que la cubría el rostro.

No obstante, pese a lo que aquello tenía de modernidad, no conseguía evitar me embargara un sentimiento de frustración deudora de la decadencia de una época que se iba. Mas allá del aparente progreso que esta demolición suponía (mejora de la calle, descubrimiento de un sector de nuestra más conocida obra civil...) tenía la sensación de que lo que se desplomaba a golpes de aquel enorme brazo mecánico era una parte de ese mundo que desde siempre habíamos conocido. He de confesar que percibía como muy lejano, extraño para mí, aquel trecho de muralla que ahora se presentaba en su estado cuasi original; lo verdaderamente familiar, lo próximo venía representado en realidad por aquellas viviendas, esos establecimientos, los tejados, las fachadas con sus balcones, los escaparates, letreros y rudimentarios reclamos publicitarios, en fin todo lo que en silencio, como mudo testigo, había acompañado nuestra niñez.

En un instante los murmullos se apagaron, y no porque el ruido ensordecedor los ahogase. La gente calló, quedó sumida en un solemne, respetuoso silencio que no me resisto a dejar de interpretar como un último homenaje que aquellas gentes ofrecían hacia esa parte de su ciudad, a ese poco de ellos mismos que también desaparecía, ya para siempre, entre el fragor de la destrucción.

Mientras tanto, encaramándose sobre el mutismo de todos, aquellos formidables aparatos que parecieran surgidos de la frenética imaginación de H.G. Wells, continuaban impertérritos, implacables, su demoledora tarea.

domingo, 14 de octubre de 2007

UN VIAJE A LA NOSTALGIA (XXXVII) "Futbol en sesión continua"


FUTBOL EN SESIÓN CONTINUA
Rodrigo D’Ávila


Hoy apenas quedará un metro cuadrado por ocupar con esas impersonales edificaciones diseñadas sin imaginación, sometidas a la dictadura del máximo beneficio - mínimo riesgo que poco a poco han poblado el suelo de la ciudad; tendrá que ser así. Sin embargo, hace treinta años era un magnífico solar, una amplia explanada - así la conocíamos - muy próxima al centro (Mercado Grande y aledaños). El lugar se encontraba flanqueado por el paseo de San Roque, el Gobierno Militar-Caja de Reclutas y los inmuebles que albergaban las sedes de la Dirección Provincial de Sanidad y el Colegio de Médicos.


Allí, muy cerca de la plaza de Santa Ana, tenían lugar extraordinarios partidos de fútbol entre la chiquillería de entonces. El ancho y largo del campo coincidía con los propios límites del solar. A modo de porterías, cuatro montones - dos a dos - en donde se apilaban carteras, carpetas - entonces no se habían inventado las mochilas - abrigos y demás parafernalia de dudosa utilidad que acostumbrábamos a portar los niños de entonces. Bien es cierto también que, a diferencia de lo que ahora acontece, las criaturas de aquel tiempo no éramos reos del cruel castigo de acarrear encorvados todo el peso de la ciencia como en nuestros días ocurre con los escolares que, cual penados a trabajos forzados, pesadamente caminan bajo sus enormes mochilas hacia, ¿sus celdas? No, hasta colegios e institutos. Para que luego digan que el saber no ocupa lugar.

Aquellos interminables partidos duraban hasta el anochecer, en otoño, durante el frío invierno entre humeantes resoplidos, ó también en la “dulce” primavera abulense en las ya dilatadas tardes de luz, tibio sol y espléndido aroma a cereal que conseguía llegar hasta nosotros desde los labrantíos que salpicando el valle de Amblés casi podía decirse extendíase a nuestros pies.

Amancio, Pereda, Suarez, Zoco, Olivella - el del Barcelona - nuestro paisano Rivilla, en sus últimos años en activo, eran algunos de nuestros héroes. Relativamente reciente la gesta de la victoria de España frente a la pérfida Rusia, entonces URSS, en la Eurocopa de Naciones, todos nos sentíamos inflamados por esa afición al pateo del balón, por supuesto no de reglamento.

Pero... ¿qué sucede? Uno de los críos permanece fuera del campo ajeno al esfuerzo de los otros. ¿Qué hace? Parece pretende radiar el partido, a voces se desgañita describiendo lo que se desarrolla en la cancha entre el regocijo de los demás.

Otros, se apartan por un momento del fragor de la disputa para sisear y lanzar torpes - por inexpertos - requiebros a las chicas que salen del cercano colegio de las Nieves. Aunque justo es reconocer que sólo traicionaban el juego precisamente aquellos menos dotados para él, el resto seguían enfrascados en la contienda.

Entre dos luces, incluso entre una sola luz: la ausencia cuasi total de ella, abandonábamos el campo, deprisa, apresuradamente, seguro recibiríamos una nueva y cariñosa reprimenda. No importaba, todo en aras del juego, del buen rollo como ahora se dice. Y es que entonces, cuando el fútbol tan sólo era deporte, únicamente necesitábamos del balón, un espacio abierto y para terminar... quizá de un cielo cuajado de estrellas.

martes, 9 de octubre de 2007

UN VIAJE A LA NOSTALGIA (XXXVI) "Una fuerte explosión de gas"




UNA FUERTE EXPLOSIÓN DE GAS
Rodrigo Dávila





Parece que lo estoy viendo como si acabara de ocurrir, fue aquel uno de esos acontecimientos que se te quedan grabados de forma inalterable a la manera de un tatuaje que el tiempo no lograra borrar. Entonces ya era adolescente, casi un jovencito, y podía comprender con mayores elementos de juicio el alcance del evento; un hecho que, sin tratar de ponerme trascendente, seguro pudo cambiar o cuando menos apresurar la sucesión de episodios que han seguido en la historia, en nuestra historia más reciente. No sé muy bien de que manera, pues ello entra dentro de lo que podríamos calificar como política ficción, pero seguro estoy que de no haber sucedido las cosas tal y como acaecieron muy posiblemente el final hubiera sido otro, y mucho me temo que acaso fatalmente peor.

Era de mañana, una gris y fría mañana de diciembre. En la calle ya se respiraba ese, por rutinario, casi insoportable ambiente navideño. Espumillón, bolas, campanillas y minúsculos Papa Noel en brillantes colores de aquel plástico duro, prácticamente irrompible colgaban por doquier. Los escaparates se habían engalanado, y como de un tiempo a esta parte era costumbre proliferaban los árboles de Navidad intentando ganar terreno al tradicional y autóctono Belén, con su misterio, pastorcillos y demás.

Seguro disfrutaría ya de vacaciones, porque a esas horas de otro modo jamás seguiría en casa. No sé la razón, tampoco era lo habitual, pero algo me impulsó a conectar la radio, aquella enorme y magnífica radiogramola Phillips como la bautizamos -o quizá así se denominara técnicamente entonces- por componerse de una estupenda radio sobre la que descansaba un extraordinario giradiscos automático, capaz para programar la audición de varios sucesivos. Como digo, giré la rueda del encendido, luego hice lo mismo con la correspondiente al dial y escuché extrañado como en todas las emisoras salía al aire una similar programación: música clásica convencional en unas y sacra en otras.

Paré en una cualquiera de ellas, seguro radio Nacional -la única que emitía noticias- y distraído permanecí unos minutos escuchando. No hube de aguardar mucho, de repente paró la melodía al tiempo que una voz grave e impostada -gemela a las otras que recitaban los “partes”- comenzó a leer un comunicado: “Como venimos informando, a primeras horas del día de hoy, en la calle Claudio Coello de Madrid, se ha producido una fuerte explosión. Aunque las informaciones son contradictorias en este momento, se cree puede haber sido ocasionada por el gas... En la deflagración se ha visto involucrado el Excmo. Sr. Presidente del Gobierno, Almirante Don Luis Carrero Blanco.”

Finalizaba el comunicado anunciando nuevos detalles para el siguiente informativo y se invitaba a los oyentes se mantuvieran a la escucha.

No hacía falta ser un lince para sospechar la comisión de un atentado, de un magnicidio como grandilocuentemente se dice, puesto que eso de la explosión de gas no se lo tragaba nadie. ¿Pudiera ser posible que hasta la providencia se hubiera puesto de parte de la oposición al régimen?

Aguanté un poco más y al poco las noticias fueron confirmando las primeras y lógicas sospechas: un atentado por voladura de una carga colocada en el subsuelo de la calle Claudio Coello -itinerario matutino habitual del señor Carrero- que había hecho, literalmente, saltar por los aires el Dodge Dart oficial en que viajaba. La explosión fue de tal calibre que el vehículo, superando una enorme tapia, acabó en el otro lado, justo en una terraza sobre el patio de un colegio religioso en cuya capilla precisamente terminaba de oir misa el Almirante.

Salí a la calle, la gente estaba nerviosa, angustiados unos, soliviantados otros. Entré en un café, todos allí comentaban el suceso: el ejercito acuartelado, el gobierno reunido, manifestaciones de la ultraderecha y confusión... una extraordinaria y abrumadora confusión que todo lo dominaba.

Sostener que aquello pudo cambiar el rumbo de todas y cada una de las vidas de la gente corriente tal vez resultara exagerado, no obstante, lo que sí me atrevería a asegurar es que desde entonces, primero de manera imperceptible y después -en no más de dos años a raíz del otro gran acontecimiento- como una marea que todo lo inundara, la vida pública de este país dio un giro copernicano, y ya es sabido que aquélla, en mayor o menor medida, de una u otra manera, tarde o temprano acaba por entrometerse en la existencia del común de las gentes, hasta en aquéllas más sencillas y nada comprometidas. ¿O acaso sea al revés?

martes, 2 de octubre de 2007

UN VIAJE A LA NOSTALGIA (XXXV) "Ese negro resplandor"




ESE NEGRO RESPLANDOR
Rodrigo Dávila



En su tiempo se me aparecía espléndido, magnífico, con todos los adelantos habidos y por haber, nada tenía que envidiar a los de Madrid. Una empinada escalinata y diáfanas puertas de cristal lo separaban de la calle, tras ellas enseguida alcanzabas un amplio vestíbulo. A la derecha, de nuevo un corto tramo de escalera y, siguiendo al acomodador, franqueabas las insonorizadas puertas -una en el centro y dos en los costados- accediendo al inmenso patio de butacas cuidadosamente tapizadas y todo él enmoquetado con el exquisito gusto de entonces, que hoy quizá veríamos un punto demodé. De frente, unas imponentes cortinas en raso bermellón que abarcaban por completo el escenario y tras ellas, escondida, la espléndida pantalla apta para la panavisión o el cinerama. Aquello constituía la apariencia, aunque mucho más fue lo que representó para mí -para nosotros- el viejo cine Lagasca.

Para no mentir, diré que calificar aquella sala como longeva no es del todo exacto. Únicamente deberíamos usar ese adjetivo si lo entendiéramos en el sentido de que el local desapareció hace mucho tiempo, no así si nos atuviéramos a su supervivencia, ya que no le permitieron llegar a disfrutar de una tranquila ancianidad. Falleció pronto, permaneció abierto muy poco, en pie algo más pero tampoco mucho.

Aquel cine no era ni mucho menos el único, acudíamos también al Cinema, al Principal -el Gredos lo recuerdo muy en nebulosa, en lo más profundo de mi memoria- y más adelante al Tomás.

La cinematografía como arte y la sala, templo para la apoteosis de su rito, siempre han estado -al menos para mí- rodeadas de connotaciones míticas, puede que ello se debiera a la propia ceremonia que en su seno tiene lugar, muy emparentada con la dimensión onírica, la imaginación de nosotros los fieles que nos congregábamos unidos por un sentimiento común, algo así como el que comulgarían los miembros de una secta adoradora de la imagen, para asistir a las proyecciones.

Películas de estreno, tardes de sesión continua, matinales... cine para todos los gustos y edades. Comedias, policiacas, de romanos, misterio o del oeste... No sé si también para los demás, en mi caso entrar en la zona oscura significaba introducirme en otro mundo y por un rato desplazarme en el tiempo, en el espacio, asumiendo variopintas personalidades. Un fascinante viaje sin moverme de la butaca.

A la salida, la última claridad de la tarde te devolvía a la realidad. Abandonabas la sala y esa luz te cegaba, entrabas en shock, pero no, no eran sólo aquellos postreros rayos de sol los causantes de ese estado, su origen tenía mucho que ver con el repetido fenómeno de reencuentro entre ficción y realidad. Verdaderamente este prodigio se me aparece ahora a modo de paradoja: al entrar en la sala dejabas la luz y te sumergías en la oscuridad -o al menos eso parecía- una negrura que no era tal, en realidad se trataba de fulgor en todos los sentidos, para todos tus sentidos. Marchabas del local, retornabas al mundo real y lo que efectivamente conseguías no era otra cosa que regresar a la rutina, eso que en el fondo juzgabas la segura e indubitada oscuridad.

Bruscamente y forzado, te reintegrabas a la impuesta realidad renunciando a la aventura, al misterio, a la fantasía... para reemprender el camino de vuelta hacia lo cotidiano, lo habitual y -cuando menos en aquel primer instante de opaco resplandor o clara negrura- también hacia algo tremendamente aburrido.

martes, 25 de septiembre de 2007

UN VIAJE A LA NOSTALGIA (XXXIV) "Pares o nones"



PARES O NONES
Rodrigo Dávila




Tiempo de piedad, recogimiento y expiación de los pecados (porque entonces también se pecaba). Periodo de silencio, contrición, gesto severo y procesiones. La primavera está cercana, puede que haya comenzado ya, no obstante mis recuerdos no son multicolores, se tiñen de negro, quizá violáceo a todo lo más.

En efecto, es la Semana Santa, la de aquella época claro. Si a lo largo del año todo se hallaba prohibido, durante esos siete días puede asegurarse que lo estaba aún más si cabe. Un detalle: hasta se nos vetaba algo tan inocente y saludable como la risa, la carcajada, sonreír incluso.

Proscritos, como por otra parte y en cualquier tiempo era habitual, los derechos de reunión, asociación, manifestación y un largo etcétera; además de radio y televisión (excepto para música y programas religiosos), el cine (salvo películas de ambiente sacro), teatro, el juego... bueno... el juego no, al menos no del todo. Resultaba curioso, pues esta constituía la insólita excepción. Si durante todo el año el juego estaba prohibido, que digo... prohibidísimo, he aquí por extraño que parezca y en aras de esas extrañas paradojas que de cuando en cuando florecen en este nuestro increíble país, y qué casualidad, en las fechas del calendario de absoluta ebullición e inflamado rigor espiritual, consentíase a cualquiera jugarse en público hasta... digamos que las pestañas -por ser éste un aditamento muy íntimo y no obstante prescindible-. Aunque eso sí, sólo en algunos días de aquella semana e invocando un loable espíritu a medias entre lo folklórico y cultural, arraigado en nuestras más añejas supersticiones... perdón quería decir tradiciones.

Me estoy refiriendo al ancestral divertimento -aún hoy practicado, si bien con mucho menos encanto- denominado “Los Borregos”. Desconozco si tal apelativo lo recibía de las menudas canicas de madera que se utilizaban para llamar a la suerte -también a la desgracia, que de todo había- o bien tenía que ver con una especie de cariñoso y festivo apodo que se imponía, tampoco sé la razón aunque la sospecho, a los afamados jugadores que durante esas escasas jornadas resistían -y ríanse de Numancia- pegados a las mesas de juego como si en ello les fuera la vida -y de nuevo debo pedir perdón por la comparación, esta vez a los dóciles y lanudos acémilas-.

Este lúdico pasatiempo, ya que calificarlo de deporte como comprenderán excede de los límites del buen gusto, este entretenimiento digo, acontecía todos los años puntualmente en Ávila -si bien también lo tenían por costumbre en alguna otra villa de la provincia, caso de Madrigal- donde además de la túnica procesional, cilicio o capirote, los aficionados preparaban sus fajos de billetes para acudir a los locales del Casino Abulense, único templo conocido para la celebración de este sacrosanto rito anual.

Para los no iniciados apenas aclararé que “Los Borregos” (juego) - prescindiendo de si tal apelativo se extiende a los jugadores- se trata de un pasatiempo de apuestas a pares o nones, en el que los apostantes juegan contra otro que hace de banca el que a su vez lanza las bolas en dirección a un agujero situado en uno de los rincones de la mesa de billar, verde campo de juego -aunque también puede practicarse con dados-. Ante el grito del croupier: “¡Hagan sus apuestas!” Los jugadores o puntos obedecen depositando sus dineros en la parte de la mesa establecida, ello hasta el límite que permita la banca. Ésta juega por ejemplo a pares, los puntos a nones, y gana la una o los otros según que la suma de las bolitas que queden fuera del agujero resulte una u otra cantidad. En el caso de que todas vayan dentro del hoyo ganará la banca, ésa es su ventaja.

Recuerdo noches de marzo o abril en los salones del nuevo Casino, el de la calle Gabriel y Galán. Aglomeración de gente, humo, sudor, nervios y ansiedad; el papel manoseado, arrugado, tal pareciera que hasta despreciado, circula uno a uno o en fajos cual lechugas reventonas. Las pequeñas pelotitas al encuentro del pozo de la fortuna o el desastre. Mientras, a escasos metros, se celebran los oficios, recorren las calles las procesiones o visítanse monumentos. Y entre este paisaje y paisanaje estallaba lo pintoresco, una especie de show celtibérico en una tierra llena de contrastes. Todo nos estaba acotado excepto el juego, que a su vez volvía a prohibirse en cuanto pasaban aquellas fechas teñidas de añil, coronadas de capirotes y abrumadas por el silencio, un silencio apenas roto por el redoblar de los tambores, la estremecedora agonía de alguna extravagante saeta surgida en cualquier esquina de la noche y... por supuesto, por la fervorosa y blasfema algarabía que, en las antipodas de una oración, emergía incontenible desde las mesas de juego.

Hace poco he escuchado una tesis que justificaría la razón de ser de esta irreverente práctica, a medio camino entre la liturgia y el folklore; con todas las cautelas no me resisto a citarla: con esta costumbre se evocaría la timba que montaron los guardias custodios romanos cuando se jugaron, a una especie de apuesta a los dados, la túnica de Cristo.

Así era la Semana Santa entonces, un puñado de días a la medida de cada cual, donde como ahora y para muchos lo de menos era la efemérides que se conmemoraba por unos hechos acaecidos tan lejos de aquí, y sin embargo... tan cerca.

domingo, 16 de septiembre de 2007

UN VIAJE A LA NOSTALGIA (XXXIII) "Érase un concierto pedestre"







ÉRASE UN CONCIERTO PEDESTRE
Rodrigo Dávila

Es domingo, la mañana de un luminoso día de finales de primavera. Aún se dejan sentir los penúltimos frescores de la aurora de este día recién estrenado. Ya se sabe, en esta tierra hasta bien entrado el verano, y ni siquiera entonces, puedes desdeñar al menos una ligera rebeca -como por entonces se decía en recuerdo de la prenda que sobre los hombros lucía la protagonista del filme del mismo nombre, obra del inolvidable Hitchcock-.

El traje nuevo, ese que sólo se exhibía los domingos, está dispuesto: pantalones cortos, por supuesto, camisa azul y relucientes zapatos que refulgen a la luz del tibio sol de la mañana... De la mano de mi padre atravieso el Mercado Grande donde comienzan a instalarse las primeras mesas de las terrazas sobre el húmedo mosaico de granito recién regado, recorremos San Millán y remontamos la imperceptible pendiente, pero cuestecilla al fin y al cabo, de la calle Duque de Alba hasta llegar a nuestro destino: el jardín del Recreo. Nos disponemos a escuchar el concierto matinal que la banda municipal va a interpretar encaramada, como siempre, sobre el centenario templete que preside aquella pequeña y coquetona zona verde que desde el principio ha servido de antesala al gran parque de la ciudad: San Antonio.

Gentes de todas las edades aguardan el comienzo de la función, sentados y en pie los mayores observan como los maestros afinan el instrumental, mientras los más pequeños corretean alrededor de esa mínima manzana de forja y granito que configura una especie de magnífica pérgola con presencia y sabor a decadente principio de siglo.

Según he oido, este templete estuvo ubicado antes en el Mercado Grande, no llegué a conocerlo allí, eso era cuando la plaza crecía con arbolitos en su centro y la circulación de los escasos automóviles limitaba la zona de juegos.

Pero... ¡Atención! Se hace el silencio y la orquesta inicia los primeros compases. Piezas de todas las épocas y estilos: popular, pasodobles, vals, polcas, algo de música culta... Turina, Falla, un poco de Bhrams, punto de Mozart, y el concierto se cierra con la célebre “Marcha Radetzky” a mayor gloria de la familia Strauss.

La audición ha resultado un éxito, todos parece han salido contentos, hasta los más mocosos que enredaron lo posible entre los siseos de melómanos y demás gente sin chiquillos en la familia. Aún así la música lo ahogaba todo, silenciaba cualquier otro ruido molesto, como éste de los infantes y no tan infantes, que parecían contradecir al maestro Strawinsky cuando sostenía que los niños entendían mejor su música, seguro que ninguna pieza suya se interpretó aquella mañana.
¿La calidad de la orquesta? Imagino que correcta, siempre se dijo - puede que por algún chovinista local - que nuestra banda en nada tenía que envidiar a otras de ayuntamientos con mayor nombradía y presupuesto.

Terminada la interpretación, y siempre de la mano de mi padre, abandonamos el Recreo y nos dirigimos, ya mi madre con nosotros, a misa con sermón y púlpito incluido. Tras ésta venía el aperitivo en cualquiera de los bares que por entonces salpicaban el Grande y aledaños.

Una comida festiva ponía fin a aquella mañana de domingo, una radiante mañana de cualquier primavera escenario de una infancia que ahora, después de tanto tiempo, vuelve renovada a mi encuentro acaso aderezada de una pizca de melancolía.

miércoles, 12 de septiembre de 2007

UN VIAJE A LA NOSTALGIA (XXXII) "Una jornada particular"


UNA JORNADA PARTICULAR
Rodrigo D’Avila




El frío, la nieve, aquellas nevadas de que hablaban nuestros mayores no eran un mito como algunos ingenuos pudieran sospechar hoy día. Yo llegué a conocer alguna.

Recuerdo un despertar destemplado; había calefacción en casa, un lujo para entonces, la caldera de carbón -hierro forjado al fuego- calentaba el agua de los radiadores, sin embargo, tras una larga noche, el frío y el hielo de la calle conseguía doblegar los rescoldos que a duras penas sobrevivían despiertos entre la ceniza que ya casi lo inundaba todo.

Había que acudir al colegio. En pijama, descalzo sobre la gélida baldosa, me aproximo al balcón, quito la aldaba, abro de par en par las dos contraventanas de recia madera y… ¡oh maravilla! La calle se despereza oculta bajo el disfraz blanco, como el de aquellos clowns de alba faz, brillante ropaje y gorro de capirote.

La nieve, aprovechando la plácida noche, ha hecho su trabajo, y a fe mía que lo hizo bien. Ni un solo centímetro ha dejado de maquillar, apenas se distinguen al fondo las huellas, más que huellas diría agujeros que algún obligado intrépido madrugador mal que bien ha socavado en su seguro laborioso caminar interrumpido, también probablemente, por alguna que otra caída. Las marcas delatoras de las costaladas, deudoras de fatales pérdidas del equilibrio, se desparraman salpicadas en la distancia.

Y es que entonces, en el tiempo que ahora recupero de la memoria, en cierta ocasión nevó bien, baste decir que del pétreo adoquín de la calle hasta la nueva superficie elevada por el blanco y suave elemento fácilmente habría un metro, y eso sin exagerar, que si dejo volar mi imaginación hinchando el volumen… podría casi duplicarse tal cota a límites insospechados.

Más atrás, en duros años que recordar no puedo, sencillamente porque no los viví, aunque si logré colgarme a ellos gracias a las cálidas evocaciones de mi abuela, lo habitual era pasarse los inviernos -que, como se sabe, aquí se prolongan casi hasta el verano, si es que éste llega- retirando nieve y luchando a brazo partido por sobrevivir a esa impoluta precipitación con que nos obsequiaba la madre naturaleza, que en esta tierra más pareciera suegra.

Las abluciones matutinas, la equipación apropiada y un apresurado desayuno constituían el prólogo de nuestra ansiosa, por una vez, marcha hacia el colegio. El camino prometía resultar una aventura, no puedo decir que nos sintiéramos Amudsen en su periplo hacia el Polo Norte, entre otras razones porque no sabíamos de su existencia, sin embargo, el itinerario venía jalonado por lo que imaginábamos agradables penalidades sin cuento, aunque sólo fuera por el hecho de la propia dificultad en el caminar, avanzar por aquel manto virgen que en muchos lugares nos sobrepasaba más allá de las rodillas obligándonos a un esfuerzo sobrehumano que gustosos asumíamos, todo en aras de la mágica nueva de cada invierno, que en aquella ocasión -y para regocijo de todos- se había multiplicado en su intensidad, proporción y crudeza.

Con la última campanada del cimbalillo de la catedral atravesábamos la puerta del Instituto de San Roque y, por un rato, justo hasta el recreo, debíamos suspender nuestros juegos y risas, ese intervalo era lo de menos, lo importante, lo que en realidad justificaba el paseo en tan inclemente mañana, era precisamente eso: la propia inclemencia que a todos nosotros se nos representaba como un paréntesis en la rutinaria vida escolar, mientras despiertos soñábamos con encontrar en aquellos parajes -entonces casi de las afueras- a algún perdido esquimal, acaso un oso blanco o… ¿por qué no…? Al abominable hombre de las nieves.
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