viernes, 15 de enero de 2010

UN VIAJE A LA NOSTALGIA (LVI) ("Si hoy es 23 F esto es Neptuno)



SI HOY ES 23 F ESTO ES NEPTUNO
Rodrigo D’Ávila



Ha pasado los años, nos encontramos al comienzo de la década de los ochenta: 1981, más concretamente el 23 de febrero. Sí, ya sé que la fecha les sonará de algo, son de esas en que maldita la falta hace puntualizar el año. Igual que el 11 S, el 14 M, o si me apuran -y ya para iniciados- el 7 D (diciembre 1941, bombardeo a Pearl Harbor) o bien el 28/29 O (octubre1929, lunes-martes negro, crak de Walt Street). No cabe duda que nos hemos aficionado a las siglas hasta sobrarnos las palabras, tanto que al oír alguna de ellas, además de producirnos un cierto escalofrío, el sólo citarlas nos permite recordar con facilidad donde estábamos y que hacíamos en ese momento.

Pues bien -sin que suene a petulancia- he de decir que el 23 F yo estaba allí, no en el interior del Palacio de la carrera de San Gerónimo, pero casi. Por ello, creo que -por supuesto- la relevancia del hecho mismo y también la anécdota, la casualidad de lo que a mí directamente atañe, merecen le dediquemos unas líneas y ya puestos comenzar la historia desde el principio.

Ese día, muy de mañana, había arribado a Madrid, el motivo: asistir a un curso de perfeccionamiento en lo mío, el derecho administrativo. Recién terminaba de entrar en la administración pública y, cargado de la ilusión propia de la edad y del nuevo estado, comenzaba esa misma jornada las clases que anhelaba disfrutar como una prolongación a la carrera universitaria terminada apenas tres años atrás.

Dejé el equipaje en el hotel y, minutos antes de las diez, me encontraba en la puerta del lugar donde se impartirían las clases, en la calle Santa Engracia, muy cerquita de Alonso Martínez.

El día transcurrió con normalidad, aunque si bien es cierto que la situación política era de por si bastante crispada (dimisión del Presidente del Gobierno, atentados de ETA y GRAPO, mini golpe de estado abortado…) nada hacía presagiar lo que horas después ocurriría.

Terminamos hacia las seis y, como quiera la primavera se había adelantado obsequiándonos con una magnifica tarde (aunque he de decir que en Madrid-ciudad yo jamás sentí frío), opté por regresar al hotel dando un paseo. Bajé por la calle Génova hasta la Castellana con la idea de continuar hasta el paseo del Prado. Ya por entonces se escucharon las primeras sirenas de los vehículos de la policía al tiempo que vi pasar muchos de ellos a todo gas, como si fueran a apagar un incendio, lo que en cierto modo y como más tarde supe era su misión.

Algo ha ocurrido, pensé para mí, no obstante en la juvenil audacia que entonces me adornaba continué la caminata, aunque la prudencia aconsejara dirigir los pasos justo en sentido contrario al que llevaban los del chocolate con porras, como entonces se conocía a los agentes del orden.

Así, unos minutos más tarde alcancé la plaza de Neptuno la que se encontraba cortada por la policía en su dirección a la carrera de San Gerónimo. Allí coincidí con bastante gente que se arremolinaba expectante con los ojos puestos en el palacio de las Cortes. Un segundo cordón, éste de Guardia Civil, se situaba metros más allá cerca del palacio, también los había en edificios cercanos y en el mismo tejado de aquél.

La confusión era notable, nadie acertaba a explicar lo que ocurría, fue entonces cuando un rumor emergió y corrió de boca en boca: ETA ha ocupado el Congreso de los Diputados y mantiene secuestrados a éstos y también al Gobierno en pleno. Para mejor situarnos, recordaré que en ese momento se votaba la investidura de Leopoldo Calvo Sotelo como nuevo Presidente del Gobierno, tras la dimisión de Adolfo Suárez.

Mientras el gentío se multiplicaba en los alrededores de la fuente de Neptuno, contemplé a varios vehículos oficiales traspasar el cordón policial y detenerse ante el hotel Palace descargando autoridades, precisamente las que permanecían en libertad por encontrarse fuera del Congreso en el momento del golpe. Así reconocí, entre otros, al Director de la Seguridad del Estado (abulense por cierto) y a los Directores de la Policía y Guardia Civil.

No pretendo dármelas de aprendiz de Nostradamus si afirmo que tenía claro, fuera lo que fuese lo que sucediera dentro del Palacio, que me encontraba viviendo en primera fila - aunque paradójicamente bastante desinformado- unos momentos históricos para el devenir de nuestro país.

Por fin, a eso de las ocho, la policía cargó contra los ya miles de personas que rodeaban - al seguro que perplejo- Neptuno para disolver aquella manifestación en ciernes que espontáneamente se había organizado. Ni que decir tiene que fui uno de los primeros en salir corriendo, mientras recordaba tiempos no tan lejanos en que mi/nuestros perseguidores, mis/nuestros miedos eran una informe -aunque de uniforme- masa gris.

Llegué al hotel y allí, en recepción, me relataron lo ocurrido, lo que todos conocemos. El final ya se sabe. Lo cierto es que en aquellas horas y las siguientes hasta bien entrada la mañana del 24 F, se decidió el futuro de España y puede que también, aunque para cada cual en diferente medida, el de todos.

domingo, 10 de enero de 2010

UN VIAJE A LA NOSTALGIA " (LV) "El hombre tranquilo"


EL HOMBRE TRANQUILO
Rodrigo D’Ávila



Allá por la primavera de mediados de los sesenta mi itinerario matutino camino del Instituto discurría, entre otros lugares, por el jardín de San Roque; no recuerdo ahora el motivo -supongo serían obligaciones docentes- sin embargo, seguro estoy de que al menos durante un par de semanas hube de transitarlo antes de lo habitual, a primerísimas horas de la mañana, definitivamente antes de las ocho.

¿Y a cuento de qué aparece ahora esta tempranera evocación? No, no se trata de que pretenda auto-imponerme medallas al trabajo -sin tampoco considerarme un dormilón- no era yo de los que comenzara la jornada a maitines sin verme obligado a ello.

No más preámbulos, diré que la puerta abierta para este entrañable retorno al pasado ha sido un cuadro, sí una pintura que hace poco y por casualidad vi colgada en una galería de arte contemporáneo.

El motivo: un paisaje, un panorama bucólico en el que aparecía un valle -probablemente en primavera- con cereales, algún árbol, amapolas y demás aditamentos que suelen adornar aquéllos. Una vista común y al alcance de cualquier lugar del mundo.

Durante aquellos quince días, o mejor diez que en realidad eran los lectivos, en un recodo del jardín y sospecho que a cobijo de pelmazos, coincidí con un pintor que, ante su lienzo sobre el caballete, observaba el Amblés -cuando por entonces la visión desde el parque hacia el sur era la práctica nada-. Artista digo, que en calma y como si el tiempo no pasara, igual que si fuera el último hombre sobre la tierra, ajeno a todo se afanaba en su incomparable tarea creativa.

Desde el primer día en que me crucé con él y hasta el último en que por la razón que fuere deambulé a tan intempestivas horas a través de aquél idílico lugar, no dejé uno sólo de pararme a su vera y contemplar durante un rato el progreso de su obra.

Apenas cruzaba dos palabras de saludo con aquel hombre grande -a mí así me lo parecía- y seguro que, no me pregunten porqué, también gran hombre de larga melena y barba asimismo blanca, ataviado de blusón que en su día fuera negro salpicado por gotas que formaban un arco iris en pasta multicolor. En silencio, imperturbable, bañado todo él por esa increíble luz del amanecer abulense, aquel individuo continuaba dando forma a su creación.

Un día deje de pasar por allí tan temprano, lo haría mas tarde y él ya no estaba -pudo terminar su trabajo y no volver- lo cierto es que jamás lo volví a ver, nunca supe su nombre, tampoco conocí su obra más allá de aquella tela que día a día vi tomar forma y color, crecer en fin, no obstante a pesar de los años trascurridos no he olvidado la pintura ni el autor.

Pues bien, ese mismo paisaje es el que días atrás, en calma, tranquilo como aquel enorme y puede que bohemio artista, he vuelto a contemplar. Lo curioso es que el motivo había cambiado, o al menos lo que yo veía: al fondo el valle, más atrás el caballete y en primerisimo plano, casi saliendo del cuadro, el artista con un blusón que quería ser negro y a su lado, también de espaldas y con su inseparable mochila al hombro, un niño de pelo rubio que absorto mira el lienzo.

jueves, 13 de agosto de 2009

UN VIAJE A LA NOSTALGIA (LIV) "Haciendo el indio"




HACIENDO EL INDIO
Rodrigo D'Ávila



En otro lugar de esta serie que aspira a trasladar al papel, a las ondas o a lo que sea eso de internet, un puñado de recuerdos de mi niñez y adolescencia, pretendía describir las sensaciones - en su mayoría positivas - que desde siempre han producido en mí los trenes, o mejor las estaciones de arribo o partida de aquéllos. Pues bien, también del ferrocarril en si mismo creo tengo experiencias susceptibles de narrar, si bien contempladas con el paso del tiempo no puedo evitar que un escalofrío recorra de arriba hacia abajo mi espina dorsal. Esto es así cuando me pongo a rememorar-reflexionar en torno a las “barbaridades” que cultivé/cultivábamos desde la inconsciencia de los pocos años.

Casi siempre en verano, aunque he de advertir que aquello no duró mucho, los chicos de la pandilla disfrutábamos de una “sana” costumbre: de vez en cuando y al atardecer acudíamos a cualquier tramo de la vía férrea en las cercanías de Ávila (casi siempre el mismo, aunque por razones obvias no detallaré lugar) para practicar nuestros particulares “juegos prohibidos”. Bien es cierto que estas diversiones aunque pequeñas, inocentes y completamente imbéciles, sin poner en riesgo el patrimonio de la RENFE sí exponían - y mucho - el propio y vital de todos y cada uno de los chiquillos que alegres e inconscientes correteábamos entre las vías.

Uno de los juegos, el que acabó por representar más riesgo para nuestras infantiles vidas, consistía en aplicar la oreja de cada cual al hierro para así sentir las vibraciones y determinar la distancia a que se encontraba el siguiente tren en aparecer. Imagino que esta malsana afición mucho tendría que ver con alguna película del oeste que seguro habríamos visto en la sesión continua del cine Lagasca o del Principal. Parece que los indios eran grandes expertos en el cálculo de distancias mediante el sonido o temblor que desprendían las vías por las que discurrían los trenes a vapor y también los nuestros de entonces.

En cualquier caso, aquel inocente juego derivó con el tiempo en algo mucho más peligroso: se trataba de competir en quién aguantaba más tiempo pegado a la vía, mientras la locomotora se acercaba amenazante y seguro sin posibilidad alguna de frenada brusca en el supuesto de que el maquinista se hubiera visto obligado a ello.

En realidad nunca se llegó a producir este último hecho, todo lo más que ocurrió fue que el pobre hombre hubo de accionar reiteradas veces el estridente silbato de la máquina - que aún hoy retumba en mis oídos - mientras que, histérico, seguro rezaba para que nos apartásemos de la vía.

Aquella perversa afición finalizó de raíz cuando, una tarde en la que caminábamos despreocupados entre los raíles, observamos como un Land Rover verde, uno de aquellos viejos trastos de la Guardia Civil, se aproximaba paralelo a las vías. No sé si llegó a percatarse de nuestra presencia, lo cierto es que la estampida fue clamorosa, sin tener nada planeado cada uno salió pitando hacia un lado, por supuesto lejos de aquél en que se encontraba la pareja.

Siempre pensé que no llegaron a perseguirnos, acaso porque no nos vieran o vaya usted a saber el por qué; lo que sí puedo puedo dar fe es que durante unos días apenas nos llegó la camisa al cuerpo temiendo que en cualquier momento una pareja de civiles pulsara el timbre de nuestra casa preguntando por alguno de aquellos aprendices de delincuentes. Si así hubiera sucedido, habría caído toda la red. No estábamos preparados para resistir un tercer grado, ni mucho menos la segura e implacable reprimenda y posterior castigo de nuestros progenitores, que entonces y para nuestras núbiles entendederas bien podía asimilarse a la pena capital, que por cierto también se encontraba vigente en la época.

jueves, 9 de julio de 2009

UN VIAJE A LA NOSTALGIA (LIII) "El marinero que nunca estuvo allí"


EL MARINERO QUE NUNCA ESTUVO ALLÍ
Rodrigo D'Ávila




Un día, rebuscando en ese cementerio doméstico de recuerdos inanimados que es el desván, encontré un álbum de fotografías que creía irremediablemente perdido. Tapas de cuero e instantáneas -cuatro por página separadas éstas por un sutil papel cebolla- sujetas mediante aquel antiguo procedimiento de triangulares cantoneras en las que se insertaban los cuatro vértices de cada uno de los rígidos papeles fotográficos, en blanco y negro, que hoy en día por la acción del tiempo y también -por qué no reconocerlo- del olvido, tiraban a un incipiente sepia lo que sin pretenderlo remarcaba aún más si cabe su ya notable ancianidad.

No eran más que capturas, momentos de mi primera y tierna niñez que desfilaban ante mis ojos en un orden aleatorio y sin embargo con una intrínseca sistemática que más tarde descubrí. Según pasaba las hojas parecía que cada una de aquellas fotografías cobrara vida. Fondos variopintos servían de escenario a las poses afectadas de entonces: Mercado Grande, el Rastro, San Vicente, San Roque…

Terminaba de reponer todo en su lugar, cuando una de las fotografías, en la que no había reparado antes, cayó del montón como si autónoma reclamara un protagonismo propio y diferenciado que, tonto de mí, no le había otorgado. Se trataba de una imagen de la puerta principal de San Pedro (la que da al Grande); en primer plano se ve la salida en procesión de un grupo de niños recién finalizada la ceremonia de su primera comunión. Blanco impoluto salpicado de azul, crema a todo lo más, en uniformes de marinero raso o almirante, nada de frailes, traje civil o modosa rebeca y pantalón, como hoy se estila. Nerviosos, nos miramos unos a otros puede que para mantener las hileras en cierto orden, o tal vez para reforzar la confianza propia observando los apuros de los demás.

Uno por uno, ayudado de una lupa, voy identificando a cada uno de los protagonistas. Puedo asegurar que consigo recordar el nombre, apellido y/o apelativo de todos ellos, bueno… para no mentir diré que de todos menos de uno, compañeros de párvulos en el vecino colegio de las Teresianas.

Varias preguntas me asaltan. ¿Qué habrá sido de ellos? ¿Cuántos vivirán? Por edad, imagino que la mayoría. ¿Qué será lo que les ha deparado la vida? ¿Habrán olvidado este momento que ahora yo, por casualidad, revivo?

Sé de la existencia de alguno, del que continúa por aquí claro. Uno falleció hace poco. De los demás no tengo idea de lo que ha sido de ellos, la mayoría ni siquiera vuelven a su tierra en vacaciones, al menos nunca coincidí con ninguno.

Pienso que en aquellos primeros momentos de uso de la razón, de lo que por entonces se conocía como “uso de razón” -aunque en aquel tiempo resultara discutible se pudiera alcanzar ese nivel de consciencia a tan temprana edad- nadie podría siquiera atisbar qué sería lo que aguardaba a cada uno durante el resto de sus días. Sí claro, uno querría ser médico, otro ingeniero, sacerdote o hasta bombero, y puede que algunos lo hayan conseguido, pero no me refiero a eso; no sé, podría definirlo como el alcanzar la plenitud, la satisfacción absoluta en el balance de la vida. ¿Alguien lo habrá logrado? ¿Alguno de estos marineritos que titubeantes desfilan entre los pétreos leones del atrio de San Pedro, podría asegurar, libre de soberbia y vana arrogancia, que ha alcanzado el equilibrio absoluto, lo que en las culturas orientales se llama nirvana o la gran calma?

Contemplo de nuevo la fotografía, parece como si uno de los protagonistas esbozara una franca sonrisa; para ser exacto, juraría que me sonríe a mí directamente, es una mueca que seguro va dirigida a mi persona. ¿Puede ser posible? Se trata de aquel muchacho del que no recuerdo nada, que pasó de puntillas por mi vida o acaso... Han pasado tantos años y ahora, precisamente ahora, me llega ese guiño que ha recorrido el tiempo y de alguien que para mi no ha existido jamás. Es como si se hubiera colado de non en la foto, casi seguro estoy de que ese chico no aparecía en la instantánea original, nunca estuvo allí.

Este asunto me preocupó algún tiempo, hasta me interesé en conseguir que alguno de mis compañeros a los que conozco pudiera identificar a aquel anónimo individuo. Nadie le recordaba. Al final, como tantas veces ocurre, olvidé este hecho ciertamente intrigante y así continué con mi vida habitual.

Ayer, cuando en mi coche volvía de un viaje, presencie un brutal accidente del vehículo que me precedía. Junto con los ocupantes de algún otro que circulaba fuimos a socorrer a los heridos; a la postre tan sólo uno: el conductor. A duras penas conseguimos sacarlo de entre el amasijo de hierros. Ya cadáver y tumbado sobre el asfalto le reconocí, era él con cuarenta años más pero inconfundible. Allí estaba ese desconocido, con el mismo rictus que en la foto, aquella sonrisa que pareciera únicamente fuera dedicada a mí.

domingo, 23 de noviembre de 2008

UN VIAJE A LA NOSTALGIA (LII) "El afinador de sueños"


EL AFINADOR DE SUEÑOS
Rodrigo D’Ávila




Sin que ello pueda interpretarse como una eximente, ni siquiera apenas a modo de simple atenuante, las personas de cierta edad hemos de convenir que las travesuras de entonces comparadas con las gamberradas y desmanes que hoy en día practican algunos jóvenes -y no tan jóvenes- vendrían a ser algo así como si pretendiéramos contraponer un seiscientos de aquellos con los modernos bólidos de 300cv o más que hoy conocemos. Esta percepción no creo deba atribuirse al hecho de que con la edad uno se vuelva más intransigente y haya olvidado los tiempos -cada vez más lejanos- en que también disfrutó de unos años “de vino y rosas” esos que parecía nunca llegarían a su fin.

Por entonces -en los sesenta-, al igual que en muchos otros aspectos de la vida, también en lo que concierne al descanso apenas había mucho donde elegir. Y me refiero al acto de dormir en sentido estricto. Los colchones solían llevar un relleno de lana, natural por supuesto, aunque ya se conocían y comenzaban a entrar en el mercado los flex, relax etc… si bien sus componentes, ni que decir tiene, no eran el agua, espumas exóticas u otros materiales por el estilo hoy tan de moda.

Hay que reconocer que la humilde lana, como soporte del reposo, cumplía a satisfacción con su cometido: al tumbarse se distribuía natural y amorosa alrededor del cuerpo al tiempo que se acomodaba a la perfección a él. Resultado de esta simbiosis era un sueño prolongado y reparador.

La otra cara de la moneda, porque como todo en la vida también adolecía de inconvenientes, había que buscarla en la dificultad de su mantenimiento, era necesario conservar los colchones a punto ya fuera por razones higiénicas, de desinsectación o tan sólo para que el tálamo pudiera continuar cumpliendo su función en plenitud.

En efecto, y siempre durante el verano, el colchonero a la manera de un “mágico afinador de sueños” -por ser el objeto de su trabajo un instrumento inductor de aquéllos- se acercaba a nuestras casas y en el portal de cada cual desplegaba su arsenal de agujas, tijeras, hilos de diferentes grosores, varas y otros utensilios necesarios para su tarea.

Rodeado de polvo, sudor y… sin lágrimas, descosía las fundas para a continuación desparramar por el suelo la sedosa carga oculta durante los largos meses del invierno abulense.

Era allí y entonces cuando, inmisericorde, con las varas rasgando el aire al ritmo de un sonido que recordaba el restallar del látigo, apalizaba incansable aquellos rizos blancuzcos como si tuviera algo personal contra ellos.

Como dice la tonadilla: “Vareando aceitunas se hacen las bodas…” pues bien, en aquel portal bien podría tararearse: “Vareando colchones se hacen las bromas…” Pues ese era el momento que aprovechábamos los peques de entonces para, al menor descuido del afamado apaleador, revolcarnos entre montañas de lana, intentar esconderle alguno de sus preciosos palos o en fin, una vez que al vernos volvía cabreado, entonar aquel estribillo que, rememorando otro aplicado a los jardineros regantes del ayuntamiento, habíamos trasladado con no muy buena fortuna: “La vara fuera que aquí no llega y si llegara a mí no daba”.

Para que no se me tenga por suficiente he de confesar que muchas veces la vara si llegó, y allí, en nuestras inquietas posaderas, quedó marcada durante días.

Inocentes burlas, hoy prehistóricas para muchos, que por decreto urgente quedaban suspendidas de raíz justo en el instante en que alguno de nuestros padres se enteraba de la travesura.


martes, 4 de noviembre de 2008

UN VIAJE A LA NOSTALGÍA (LI) "Los martes 13 y luna llena...milagro"


LOS MARTES 13 Y LUNA LLENA… MILAGRO
Rodrigo D’Ávila




Puede que en aras de lograr una ficticia seguridad que mitigue el ancestral miedo del ser humano ante el futuro desconocido, o bien, como sustitutivo de creencias éticas o religiosas, el hombre, la humanidad en fin, a menudo desde el principio de los tiempos y en todas las culturas ha recurrido a lo misterioso, cabalístico u oculto.

Así, en los últimos tiempos de nuevo y con verdadera fruición, ha tomado carta de naturaleza en nuestra civilización la moda de la interpretación de signos, números, fechas o predicciones indicadoras de catástrofes, cataclismos o -en el polo opuesto, aunque bien es cierto que con menos asiduidad- de venturas y tiempos de próspera felicidad.

Un ejemplo ilustrativo -como lo fue en su momento la llegada del año 1000, 2000 o 2001- es la fecha, día, hora y minuto elegido para el comienzo de los Juegos de la XXIX Olimpiada de la era moderna a celebrar en Pekín (hoy Beijing): 08.08.08 a las 8 horas y 8 minutos (en realidad 20 horas y 8 minutos en la ciudad prohibida). Parece ser que la razón de esta curiosa elección se fundamenta en que el “8” es el número de la suerte para el pueblo chino.

Si queremos citar otro modelo de signo cabalístico por antonomasia, fácil podemos recurrir a la pléyade de señales que en billetes, monedas, profecías etc… parecían anunciar los trágicos acontecimientos del 11-S en New York y asimismo el 11-M en Madrid.

Creamos en ello o mantengamos un inteligente escepticismo, lo cierto es que hoy día pocos acontecimientos de verdadera repercusión universal -en especial los luctuosos- no vienen precedidos de multitud de señales previas sólo percibidas por privilegiados que - ¡oh! maravillosa casualidad- no se advierten hasta después del momento en que acontecen.

Viene esto a cuento para introducir el hecho fantástico de que este humilde amanuense también puede alardear con gozosa satisfacción de poseer una fecha mágica como data de un acontecimiento que supuso un hito de cierta importancia en su, ya cada vez más, dilatada vida.

Este momento fue el día 7 del mes 7 del 77. En tan fausto día pasé el último examen de licenciatura. Ha habido al menos otro: el día 6 del mes 6 del año 1966, aniversario de mi primera comunión. Como podrán comprobar, el que no dispone de una fecha prodigiosa en su curriculum es porque no quiere.

Sea como fuere, y advirtiendo que a mi el “7” o el “6” ni fu ni fa, como prueba del algodón para todas estas supersticiones o supercherías -porque no merecen el calificativo de creencias- siempre sigo el mismo procedimiento: primero, por supuesto, me fijo en si la premonición es previa al hecho y en quien la augura; luego, en si éste o aquella tiene carácter universal (el “8”, por ejemplo, será el número afortunado para los chinos, sin embargo a los demás nos resbala; igual que a ellos el martes o viernes 13 se la refanfinfla); por último, desconfío de fechas preestablecidas puesto que, además de que el calendario no es común para toda la humanidad, también ha variado a lo largo de los siglos incluso dentro de una misma cultura, y no deja de ser algo aleatorio y convencional impuesto por razones puramente prácticas.

Concluyendo, mi juicio racional me obliga a recelar de todos estos montajes y tomarlos tan sólo como mera distracción o divertimento.

Por cierto, hoy es martes. ¿Será día propicio para que estas líneas vean la luz…?

domingo, 5 de octubre de 2008

UN VIAJE A LA NOSTALGIA (L) "Un oasis en el portal"


UN OASIS EN EL PORTAL
Rodrigo D’Ávila




Hasta hace unos cuantos años, posiblemente coincidiendo con la inauguración del embalse del Voltoya, siempre existieron problemas en el abastecimiento de agua a nuestra recoleta villa; si nos atrevemos en la comparación, la demanda, significativamente menor que en la actualidad, representaba un mínimo consumo no sólo deudor de la obvia desigualdad en cuanto al volumen de población.

La sequía y su consecuencia, los cortes periódicos en el abastecimiento, constituían una constante, algo así como viejos y fieles compañeros en los estíos de entonces.

Ocho, doce y hasta dieciséis horas diarias sin agua domiciliaria adornaban las vacaciones de muchos y soliviantaban a casi todos, en especial a los denominados “veraneantes”, familias con raíces aquí que, en su mayoría, procedían de la vecina capital de la Villa y Corte. Se trataba de aquellos veraneos de dos y hasta tres meses de duración, al menos para la cónyuge e hijos sin obligaciones en Madrid mientras llegaba el comienzo del nuevo curso escolar.

Esta situación, como comprenderán, se convertía en un incordio ya que coincidía con el periodo en que el termómetro, inmisericorde, alcanzaba las mayores cotas. Bien es cierto que tan sólo durante el día, pues de todos los nativos es sabido que rara era la noche en que no refrescaba lo suficiente como para que el calor se conviertiera en obstáculo de un plácido descanso, por supuesto sin el auxilio de climatización alguna, sistema éste prácticamente desconocido por estos lares. Antes al contrario, tras la puesta de sol en demasiadas ocasiones muchos/as debían recurrir a la popular rebeca o jersey que previsoramente reposaba sobre los hombros de los avisados conocedores de las noches estivales de esta tierra.

Pero me he desviado de lo fundamental que no era otra cosa que la sensación de sed, esa que - en sentido metafórico - sufríamos entonces debido a que los cortes de suministro de agua eran bastante habituales y, para más inri, con desesperante asiduidad durante las horas en que llegaba a las casas no lo hacía a todas. Así, en las plantas altas (a partir del 2º o 3er piso, sí, esas eran elevadas para entonces) especialmente en los edificios situados en las zonas más empinadas de la ciudad ni siquiera gozábamos de la presión suficiente como para verla aparecer en nuestras pilas, bañeras o lavabos.

Esta última experiencia, a mayores sobre los cortes de agua que a todos afectaban, la sufrimos unos cuantos, entre los que me incluyo; y puedo asegurar que se trata de una sensación ciertamente frustrante.

La solución, con sus connotaciones folklóricas y lúdicas al menos para los más pequeños, fue la apertura de grifos en los portales de las viviendas al objeto de que los vecinos de los pisos más altos pudieran abastecerse de su ración diaria de agua.

A partir de la hora señalada daba comienzo una especie de romería. Formábase la espontánea cola en la que todos con su recipiente al ristre - el tamaño dependía de la fortaleza y edad de cada cual - aguardaban para recoger esa especie de maná moderno (no por su indiscutible necesidad, sino por las especiales circunstancias que concurrían en su recolección).

Ésta se nos aparecía como una incidencia más en los veranos de los sesenta y, al menos para nosotros, los niños de entonces - a los mayores maldita la gracia que les hacía - representaba momentos de juerga y alborozo a la par que de sustitutivo por un rato de los inocentes juegos de la época.

miércoles, 20 de agosto de 2008

UN VIAJE A LA NOSTALGIA (XLIX) "Sillas de montar calientes"



SILLAS DE MONTAR CALIENTES
Rodrigo D’Ávila








En ocasiones el recuerdo se sirve de los cinco sentidos -o de varios de ellos- para cumplimentar su trabajo de cálida y retrospectiva añoranza; sin embargo, en la mayoría de estos momentos basta con apenas uno de ellos para evocar situaciones, rememorar instantes o rescatar a personas de un pasado que el tiempo convirtió en retazos hibernados de nuestras vidas.

Deteniéndome en ello resulta curioso que, en tratándose de recuerdos, el sentido más práctico y habitual en la vida diaria: la visión, la imagen, es precisamente del que con menor frecuencia echamos mano en nuestras evocaciones. Si lo pensamos con detenimiento, un sonido, un sabor, un aroma o una caricia nos transportan en el tiempo con mucha mayor eficacia que la imagen, o al menos ésta no adquiere la supremacía que, a primera vista -y nunca mejor dicho- debería tener si pensamos en una facultad casi siempre presente en el normal devenir de la existencia de cualquier persona.

Viene esto a cuento de un flash que asaltó mi memoria hace bien poco. Algo que aguardaba en lo más profundo del olvido emergió a la luz gracias a un mínimo detonante que más adelante desvelaré.

La evocación que surgió de repente, adquirió -tras el primer destello- la forma, sonido, tacto y olor de aquellos percherones de elevada grupa, maciza alzada y paciencia infinita de que se servían los antiguos lecheros en la tarea diaria de distribución de su blanca y cremosa -en aquel tiempo sí- mercancía entre los parroquianos de entonces.

A su llamada, los vecinos irrumpían a la puerta de sus casas con el cazo, cueceleches o cualquier otro recipiente apto para recibir desde el cántaro el cuartillo de leche del albo liquido recién ordeñado en las vaquerías que entonces proliferaban en los alrededores, y también el interior (aún no estaba en vigor el reglamento de actividades molestas, insalubres…) de nuestra recoleta villa.

Esto era así, y también yo -un mocoso de pantalón corto- era partícipe del rito. No obstante, la recogida de la leche a mí me importaba un pito, ni siquiera ante la posibilidad de recibir una golosina de alguna parroquiana. Mi único, exclusivo fin era contemplar al caballo, acariciar su pelo y, en el summun del mísero placer de entonces, que su dueño, como tantas veces, me cogiera por las axilas izándome a la grupa del jamelgo y paseara, tirando él de las riendas, hasta la próxima parada en el reparto donde mi acompañante me recogería para volver a casa.

¿Y todo esto cómo ha retornado de improviso a mi vida? ¿Acaso tengo a mi vista el caballo? No recuerdo como era, la descripción anterior la he imaginado pues supongo sería así. ¿Saboreo la leche de entonces? A esa edad, como es común con lo que te conviene, no me gustaba, al igual que la nata o los famosos calostros. ¿Puede que retumben en mis oídos sus relinchos? Los únicos que me llegan son los de las películas del oeste en tardes de sesión continua. ¿Tal vez algún aroma del caballo o de su entorno? Va a ser que no…

Lo que me ha hecho recordar aquellos momentos cabalgando al paso ha sido -resulta extraño- la desagradable sensación de aspereza, el molesto y hasta doloroso roce de mis desnudos muslos y pantorrillas contra la basta arpillera de lo que a mí servía, aunque no era esa su función, como silla de montar, y que no era otra cosa que el capazo donde descansaban los tres o cuatro cántaros de aluminio que transportaban el precioso elixir blanco, del que por cierto… tampoco recuerdo ahora su olor.

miércoles, 23 de julio de 2008

UN VIAJE A LA NOSTALGIA (XLVIII) "Todo lo que siempre quiso saber..."



TODO LO QUE SIEMPRE QUISO SABER SOBRE COMO ROMPERSE LA CRISMA Y NO SE ATREVIÓ A PREGUNTAR
Rodrigo D’Ávila

Nunca me tuve por un trasto de esos a quienes sus progenitores no pueden perder de vista un momento. Ni tan siquiera por impulsivo, o al menos no más que otra gente de mi edad y mismas características. Sin embargo, podría colocar mi mano en el fuego -experiencia que, como podrán comprobar, ya poseo- para, aún sin consultar el libro Guinness, encontrarme en disposición de asegurar que durante mis años de niñez y adolescencia sufrí tal número de accidentes-incidentes que quien esto escribe bien pudiera figurar en lugar destacado del famoso volumen de records, concretamente en un apartado que podría titularse: “Las mil y una maneras de romperse la crisma”.

Sin que pretenda alardear de ello -no me tengo por imbécil- aunque sí a modo de curiosidad, me propongo levantar un somero inventario de aquellas peripecias que por su rareza, consecuencias o casi hilaridad de la situación, merezca la pena destacar en un texto como este. He de advertir que sin dificultad la lista podría ampliarse a otros sucesos que, o bien no recuerdo, o resultan tan simples que su descripción no tendría la entidad suficiente como para distraer, sufridos lectores, un sólo segundo de su valioso tiempo.

Sin otro orden que no sea el que imponen mis recuerdos, ahí va el prometido catálogo:

- Descenso en rapel sin cuerdas ni arneses: Como creo ya he referido en otra de estas narraciones, vivíamos en un tercero. Escaleras de madera, en el estado que imaginarán teniendo en cuenta su edad y uso durante tanto tiempo. Con los pocos años con que entonces contaba, mis subidas y bajadas por ellas casi lo eran a la misma velocidad. Una mañana salgo de casa de estampida, tropiezo y ruedo un largo tramo de escalones -a mí al menos se me hizo interminable-
Resultado: Herida abierta en párpado. Mínimos efectos para tan aparatoso desliz.

- No poner la mano en el fuego por nada ni por nadie: Cocina eléctrica bajo un ventanuco con repisa donde mi madre acostumbraba a colocar viandas, necesarias o no para el guiso que se propusiera cocinar. En el estante, plato de aceitunas que pedía a gritos un furtivo picoteo. Silla que arrimo al fogón para así alcanzar el irresistible reclamo. Apenas llego, me inclino un poco más, pierdo el equilibrio y…palma de la mano encima de placa al rojo vivo.
Resultado: Quemaduras de primer grado y dolor insoportable durante varios días.

- El oficio de mediador sólo para profesionales: Paseo de San Roque, al comienzo del parque. Mi hermano y otro se pelean, de las palabras pasan a las manos, intento separarles y uno de los dos -da lo mismo quien- lanza una piedra contra su competidor. La pedrada se la lleva quien ya imaginarán: el conciliador por jili…
Resultado: Diente roto, molestias durante varios días y el consiguiente mal trago de acudir al dentista.

- Emulando al gran Blume: Cama niquelada, cabecero y pies con barras en forma cuadrada o romboidal, en cualquier caso con aristas. Saltos y piruetas sobre el colchón. Mala caída y golpe con la barra en la sien izquierda.
Resultado: Pérdida del conocimiento -el escaso que me quedaba- y pitera en la sien. “Herida de guerra” que me acompaña desde entonces.

- Primer hombre en la luna: En realidad el primero en atravesarla. Verano, chalet en Navacerrada, visita a amigos de mis padres. Piscina en el jardín, atraído por sus cantos como de sirena salgo disparado hacia ella y atravieso la luna o cristal que hace las veces de pared. Sentado, quedan sobre mí los restos del vidrio que, como cuchillas y tambaleándose, amenazan con caer.
Resultado -por orden de mi aflicción-: Adiós a un gran día a remojo total, cicatrices en sien izquierda y muslo derecho, también para los restos.

- Involuntaria y pedestre cirugía plástica: Las jambas de los balcones de casa, en su parte baja interior y para la protección de la lluvia o el frío, disponían de una especie de láminas de algo parecido a la hojalata aunque de más consistencia -herrumbrosa con el paso del tiempo- con bordes afilados y amenazantes a la manera de cimitarras. Pues bien, no recuerdo de que manera, lo cierto es que caí sobre esos artilugios y me produje un corte en el lateral de mi entonces minúscula nariz.
Resultado: Abundante sangre, susto consiguiente para todos, inyección de antitetánica y cicatriz que, ésta sí, ha ido desapareciendo con el tiempo.

A estos incidentes, sin ser exhaustivos, se podrían añadir: múltiples caídas mientras corría/corríamos encima de ese entramado rocoso que existía y aún está en el Rastro sirviendo de base a la muralla, así como en ese que, prolongando el anterior, discurre por el paseo de San Roque; otros “guarrazos”, en innobles partes o no, se producían mientras saltábamos, de bolo en bolo o barra, encaramados sobre “La Palomilla” en el Mercado Grande, pero eso ya ha sido objeto de otra historia en esta misma serie.

Insisto, sigo pensando en que yo no era malo, ni inquieto, no más que cualquier otro. Por ello, no puedo evitar el pensar que cada cierto tiempo los hados, el destino o vaya usted a saber, se confabulaban de tal manera hasta provocar el accidente del que, en cualquier caso, siempre salí malparado aunque entero.

viernes, 13 de junio de 2008

UN VIAJE A LA NOSTALGIA (XLVII) "Viejos lobos de río"


VIEJOS LOBOS DE RÍO
Rodrigo D’Ávila



Entonces, como ahora, nuestra vida se desarrollaba -a la par que acompañada de nuestras ocupaciones habituales- entre aficiones o deportes que servían para solaz de los abulenses. Hace treinta y tantos años seguro se disponía de más tiempo que en la actualidad. En estos días la prisa, aún en nuestra querida ciudad, se ha convertido en fiel compañera. Puede que ello adquiera la categoría de una especie de tributo que la vida de hoy recauda, cuyo hecho imponible vendría constituido por la posibilidad de disponer de mayor número y calidad de cosas. ¿Útiles? ¿Inútiles? Opiniones habrá para todos, lo cierto es que hoy en día nos imponemos obligaciones con el ansia de poseer otros bienes o facilitar nuestra dedicación a actividades que en otro tiempo desconocíamos.

¿Vivimos hoy mejor que ayer? ¿Hemos perdido la tranquilidad de entonces a costa de lograr algo que en el fondo no merece la pena? Cada cual tendrá su parecer, yo simplemente lanzo estas preguntas al aire a modo de reflexión.

Viene esto a cuento, y perdón por el largo introito, de que muchas de las aficiones de otro tiempo han desaparecido, aunque otras se mantienen con igual o mayor pujanza que en los sesenta. Una de ellas, es el febril interés de muchos hacia el noble arte de la pesca, que como tal creo ha permanecido hasta nuestros días.

¿Y qué pinta quien esto escribe dentro de ese mundo? Muy fácil: apenas nada. Mis ancestros y demás parientes conocidos no eran aficionados al sedal, por tanto, resultando este requisito cuasi decisivo para lograr que la semilla de la afición germine entre las prioridades de un niño, y con el tiempo pueda perpetuarse y convertirse en costumbre arraigada, lo más de lo que hoy puedo alardear es de las tardes de pesca con la pandilla en las riberas de nuestro aprendiz de río, a su paso por las proximidades de la capital.

¿Mínima experiencia y disfrute? Seguro que sí, no obstante a mí -a nosotros - nos bastaba.

Solíamos acudir en primavera, cuando el simpático postulante a río bajaba desbocado, con pretensiones de Mississipi de andar por casa. Bien pronto sus aires de grandeza tornarían en humildad; el grifo de arriba se cerraría y el estío, sin esfuerzo, lograría sofocar esa efímera arrogancia, terminando al poco por ahogarse, primero en cieno y enseguida entre arena y lisas piedras ovales.

Sin embargo, antes de que el caudal desapareciera, la cuadrilla, pertrechada con las más prosaicas artes de pesca -apenas unos pobres sacos de arpillera que hacían las veces de rudimentaria red- se dirigía a la orilla, a su paso muy cerquita del viejo puente romano.

Descalzos, arremangados los pantalones y apostados de dos a dos, uno dentro del cauce, el otro fuera, o ambos con el agua hasta las rodillas, disponíamos la improvisada red de saco. A veces, de tarde en tarde, caía alguno de aquellos peces que se decían incorruptos, y es que en esta tierra casi todo tiene sus connotaciones milagrosas.

La verdad, nuestro botín nunca fue cuantioso, por tanto el daño ecológico - que entonces por supuesto ni se conocía- resultaba mínimo.

Al final, ya casi entre dos luces, regresábamos a casa. Atrás quedaba una magnífica tarde de pesca. Nuestro semblante seguro se había trasformado, para evitar la exageración diré que no en aquel del capitán Ahab de Moby Dick, sin embargo seguro habríamos adquirido un leve aire de pequeños- viejos lobos de río.
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