sábado, 4 de febrero de 2012

ESCRITO EN EL TIEMPO (un mito siempre actual)

Escrito en el tiempo

Rodrigo D'Ávila





Había embarcado en Barcelona, solo; esto no resultaba novedad, lo vivido hasta entonces, mi biografía muy bien podía compendiarse en una suma de soledades, acaso me autoengañaba justificando aquéllas como consentidas y aún deseadas; sin embargo, demasiado convencido estaba de que no era así. Pero no es de ello sobre lo que versa esta historia, aunque ahora, con la perspectiva que proporciona el tiempo, no me cabe duda de que en los sucesos acaecidos, origen de mi angustia, mucho tuvo que ver esta situación no por familiar menos amarga.
 
Huía no sabría decir en concreto de que, si del rutinario trabajo en el banco, de mis aburridos y envidiosos compañeros, de las tertulias monotemáticas de fútbol, puede que de las llamadas de mi hermana o de los insoportables gritos de mis sobrinos durante sus calculadas y periódicas visitas como mensajeros de sus padres. Mis futuros herederos que, influidos por la codicia de sus progenitores procuraban con esmero no olvidara, en mi tránsito al otro mundo, lo fundamental: situar mis bienes en el lugar adecuado, su -el suyo- sitio preciso. Mi fortuna, sin resultar exagerada, bien podría conceptuarse como respetable; era el fruto no tanto de un exceso de codicia con buenos resultados, como de un gasto módico, del consumo imprescindible. Ahora, tarde como siempre, comprendo lo tonto y miserable que he sido.

Escapaba de todas y cada una de estas circunstancias, ninguna se me aparecía por si sola decisiva, todas en conjunto me animaban a preguntarme el por qué no habría completado antes la definitiva evasión. Ensimismado como estaba en el pobre devenir de los días y los años, había olvidado lo fundamental: vivir. Cuánto hacía que no contemplaba una puesta de sol, un amanecer -a pesar de los muchos por los que transité sin enterarme-, la sonrisa inocente de un niño, el sutil fulgor de una estrella fugaz sobre el mar sereno, o en fin, el rumor de un riachuelo de montaña cuando el deshielo irrumpe al compás de los adelantados rayos de sol en primavera.

No esperé más, pedí un permiso indefinido, acudí a una agencia de viajes y contraté el mejor crucero por el mediterráneo de entre los que me ofrecieron: una singladura en el “Estrella del Mar” recorriendo varios lugares costeros con todo el lujo imaginable, al menos así me lo parecía, tampoco tenía elementos de juicio para comparar. Se trataba de la primera oportunidad en que escapaba del rutinario guión en que se había convertido -yo convertí- mi vida. ¿Para qué tantos años de trabajo? Presentía cerca el comienzo del fin y el balance, la mirada objetiva hacia atrás resultaba desoladora. No debía culpar a nadie de ello, tampoco lo pretendía, me limité a soltar amarras en lo que me quedaba de vida, al tiempo que el magnífico buque hacía lo propio.

Las primeras jornadas de navegación transcurrieron con normalidad, la calma presidía el viaje, hice uso de todos los servicios extras que se me brindaban, fuera cual fuese su precio, total para una vez que hacía un exceso. ¿Lo ves? -me decía a modo de reproche- ni siquiera en estos momentos olvidas el importe de las cosas, muchas de ellas no son cuantificables. ¿Qué coste puede tener la brisa que ahora mismo acaricia tu cara...?

Recorría el barco de proa a popa disfrutando como jamás lo había hecho, me codeaba con una gente a la que nunca habría sospechado conocer, todo era nuevo y fascinante para mí. Desde una hamaca contemplaba el horizonte, durante las claras noche de luna llena embelesado oteaba las estrellas, ya conocía su situación, identificaba muchas de ellas, en alguna ocasión amanecí sentado en cubierta. Todo resultaba perfecto, sin embargo...

Ayer de anochecida me acerqué al casino, aquella no resultaba una experiencia desconocida, ya había traspasado en alguna ocasión el umbral de esos templos del juego que tan de moda estuvieron en los años de entreguerras. Siempre me sentí subyugado por ese ambiente a caballo entre el vicio y la curiosidad: murmullos, buen servicio, gente bien vestida, gestos nerviosos y acaso también displicentes; algún grito femenino, luz tenue general que se convertía en torrente sobre las mesas de juego. Un mundo de lujo del que también, ahora, era partícipe.

Decidí probar fortuna durante un rato, elegí la ruleta, cambié diez mil y comencé. En un principio no se dio ni bien ni mal, al cabo de un rato perdía dos mil, sin embargo a medida que pasaba el tiempo me iba encontrando más a gusto, se trataba de una sensación difícil de definir, una excitación placentera al observar como se posaba la bolita en la cuadricula acogedora, sólo si resultaba el número al que jugabas, o maldita, si esquiva, como la mayoría de las veces ocurría, en una postrer pirueta se zafaba de la casilla deseada.

Al cabo de un rato me retiré a la cafetería, el ambigú que decíamos en los cines de mi barrio. Pretendía tan sólo observar a los demás. Pedí una copa de cualquier cosa y me arrellané en el taburete acodado en la barra, de espaldas al barman que intentó, sin yo permitírselo, iniciar una aburrida conversación. A partir de ese momento todo se vuelve confuso, rodeado de una gris nebulosa, tal que si de un sueño se tratara. Ahora, mientras escribo estas líneas debatiéndome por encontrar una explicación, sé muy bien que fue una pesadilla lo que me ha conducido al estado en que me encuentro, una atroz alucinación de la que fatalmente no despertaré jamás, sospecho que ni en esta ni, y ello es lo que resulta aterrador, en la otra vida.

A mi lado, con aire distraído, se hallaba un individuo anodino, ni joven ni viejo, de edad indeterminada, aunque mechas en tonos grises y blancos aclaraban sus sienes y un ridículo bigotito completaba un rostro indefinido. Su vestir se podría considerar elegante aunque pasado de moda: un esmoquin negro impoluto coronado por una extraña flor blanca, desconocida para mí, que asomaba en la solapa.

Me dirigió la palabra iniciando una conversación intranscendente, a duras penas podía ocultar mi desgana a proseguir aquel trivial diálogo -viajes, el tiempo, el mar...- La charla derivó, sin que pudiera evitarlo, hacia mi situación personal. Más tarde he repasado ese momento, ahí debí cortar el contacto con aquel sujeto, cómo no me di cuenta que yo le relataba gran parte de lo que había sido mi existencia, por contra de él no conocía siquiera su nombre. Lo curioso, y esto también lo advertí tarde, demasiado tarde, era que daba la sensación de saberlo todo sobre mí.

De esta manera, suavemente, como si así debiera suceder por el natural discurrir de la plática, llegamos a hablar del juego en general y en particular de mi afición, esporádica aunque intensa, por el verde tapete. En un determinado momento -ahora sé que el preciso- y como en broma, me preguntó que daría por ganar habitualmente a cualquier juego que intentara, hacerme rico con el azar y jamás volver a preocuparme de trabajo alguno para ganarme la vida. Continuando lo que yo creía juego contesté que ofrecería todo. Con una frialdad que aún me sobrecoge me inquirió de nuevo: ¿También el alma? ¿Su alma? Quedé confundido, turbado; el poco alcohol que había bebido, suficiente sin embargo para quien como yo no estaba acostumbrado, me hizo responder con un imprudente: ¿Quizá? -me insistió- ¿Eso es un sí? Bueno -respondí alegremente- podría ser un negocio. Exacto -continuó- un excelente trato, algo tan etéreo e inútil como el alma a cambio de lo tangible, la riqueza y todo lo que ella trae consigo: mujeres, poder, respeto, prestigio... Yo, que hacía tiempo estaba apartado de esas cosas, no le di excesiva importancia al asunto. ¡Qué equivocado estaba!

El diálogo derivó hacia otros asuntos. Pocos momentos después nos separamos, a modo de despedida me dijo: no olvide nuestro negocio. Entonces no le entendí...

Volví a la mesa de juego, miré el reloj, aún podía disfrutar un rato del rodar del marfil por entre las cuadrículas y escuchar las voces impersonales del croupier; de paso saborearía otro whisky con hielo y pasaría revista a las bellezas que, jubilosas, se arremolinaban alrededor de las partidas.

Si no fuera por las fatales consecuencias que me ha originado, yo diría que lo que vino a continuación goza de todos los ingredientes de esas comedías americanas que tanto he disfrutado estos últimos años. Me dispuse a jugar, sin miedo, como si el ganar o perder fuera lo que menos importara. Aposté mil al “29”, la bolita rebotó entre los perfiles de esa sima rojinegra que refulgente se me aparecía y acabó por posarse en: ¡el “29” negro, impar y pasa! Corroboró el croupier. No estaba mal, treinta y seis mil de una vez. Retiré las ganancias, mantuve la apuesta, y aquel garbanzo blanco, como si no existiera otro número en la rueda volvió a pararse en el “29”. Animado por mi repentina fortuna deposité cinco fichas de mil en el “5”, mi dígito favorito. Nuevas vueltas y, ¡oh sorpresa!: el cinco. Ganaba más de doscientas mil y seguía convencido de que estaba en racha.

Desde entonces hasta que cerraron, ocho de cada diez tiradas resultaron plenos. El veintinueve varias veces, el cinco otras tantas, hasta el trece fueron instrumento de mi increíble fortuna. Bastaba que depositara mi apuesta en un número, para que una multitud de manos anónimas me siguieran como si de un moderno flautista de Hámelin se tratase. Transcurrió el tiempo, ebrio de euforia como estaba aquél pasó en un suspiro. Llegó la hora de cierre y disponía de casi diez millones y aún, estúpido de mí, me maravillaba de mi buena suerte.

Dejé el botín en la caja fuerte y encaminé mis pasos hacia el camarote, me encontraba alegre y seguro de mi mismo, jamás antes experimente algo parecido. Me admiraba a mi mismo como un guapo triunfador a quien sonreía la fortuna y acosaban las mujeres. Además de la tragedia, qué ridículo he hecho.

Introduje la llave en la puerta y al tiempo sentí como una mano se posaba sobre mi hombro. ¡Enhorabuena! -se trataba del hombrecillo del bar-. Tenemos algo pendiente -casi amenazante me dijo-. ¿Perdón? -respondí, todavía nervioso-. Los pactos deben formalizarse, así nunca se olvidarán -me exigió, mientras del bolsillo interior del esmoquin extraía una especie de pergamino ajado y mugriento que me ofreció junto con su pluma-.

Comencé a leer aprovechando la tenue luz que colgaba encima de la puerta del camarote. Sólo acerté a examinar el final, un sentimiento entre el temor y la extrañeza me embargó: “...en consecuencia, por el presente entrega su alma, en este acto y para la eternidad a...

Realmente tenía la apariencia de un contrato en regla. Lo solté como si quemara al tiempo que me encaraba con el sujeto y rechazaba de plano tal pacto mientras sonreía tratando de aparentar seguía la patética broma y aguardaba, de un momento a otro, su carcajada cómplice.

BELLE Y C., que así se identificaba aquel hombre en el documento, sin perder la sonrisa me recordó la conversación que horas antes mantuvimos. Afirmaba que él había dado inicio al cumplimiento del convenio y lo justo era que yo correspondiera formalizando ahora y cumpliendo más tarde, en su momento, mi compromiso.

Aquello me confirmó que aquel individuo hablaba completamente en serio. Me negué en redondo a firmar cualquier documento y cortésmente le indiqué mi propósito de retirarme a descansar. Para mis adentros pensé que me había surgido un grave problema, entonces no acertaba a determinar su alcance, simplemente pensaba en la locura que aquejaba al grotesco personaje.

Traspasaba el umbral de la puerta cuando pronunció aquellas que parecían proféticas palabras: “mientras no firmes el acuerdo y estés dispuesto a cumplirlo permaneceré a tu lado por el resto de tus días exigiendo la ejecución. No descansarás, ni sosegaré yo hasta que me satisfagas. Continuarás acumulando fortuna, sin embargo serás el hombre más infeliz de la tierra, sufrirás tanto como jamás nadie lo ha hecho, y para ello disfrutarás de larga vida...”

Conmocionado por lo que acababa de escuchar cerré la puerta y me tumbé en la litera. ¿Había topado con un loco? Aún así, ¿Qué ganaba con aquella estupidez de pretender mi alma? ¿Se trataba de una broma? Si era eso, ya se había prolongado bastante, no tenía objeto seguir con ella. ¿Y si, realmente...? Lo descarté de inmediato, a mediados del siglo veinte estas cosas se encuentran fuera de su tiempo, están pasadas de moda, qué digo, pertenecen al mundo del pensamiento, a la literatura clásica y allí deben permanecer... Poco a poco el sueño me fue venciendo.

Una ligera modorra se apoderó de mí, me debatía entre la vigilia y el sopor. Conservo en el recuerdo el tormento de unas horribles pesadillas. De pronto desperté, me encontraba rodeado por mis propios vómitos, el camarote desprendía un nauseabundo olor. La cabeza me dolía hasta estallar y un intenso picor en el cuero cabelludo se me antojaba insoportable.

Sumergí mi cabeza en el agua fría, allí intenté encontrar consuelo. Miré al espejo, lo que éste reflejó me aterrorizó: mi testa aparecía moteada, sitiada por unas llagas purulentas, la piel enrojecida resaltaba mi incipiente calvicie. El picor, que se convertía en desesperante por momentos, junto con un dolor jaquecoso me hizo perder el conocimiento.

La sirena del barco me devolvió a la terrible realidad, intenté salir a pedir ayuda, inútil, afuera estaba él con su estúpida sonrisa, en cualquier caso ya sabía entonces que nadie estaba en condiciones de auxiliarme; lo que había profetizado aquel inhumano ser comenzaba a devenir en cruda e inexorable certeza. Volví a encerrarme en aquel cuarto que para mí se había transformado en cárcel infernal.

Poco a poco los picores y el dolor fueron atenuándose, me calé una gorra que hasta me hacía parecer cómico. Temeroso abrí la puerta, nadie aguardaba fuera, caminé unos metros hacia la enfermería, entonces se reanudaron las violentas arcadas que me desgarraban desde dentro, como si algo o alguien mordiera con saña en lo más profundo. Me apoyé en la barandilla de cubierta, asido a ella logré no rodar, seguía intentando provocar el vómito por si de esta manera me aliviaba. Con el rostro frente al agua abrí los ojos, abajo, entre remolinos de espuma estaba él, vi reflejada su figura, una mueca por sonrisa se dibujaba en su faz inexpresiva esculpida por el dolor de siglos. Horrorizado corrí sin rumbo, hasta que de nuevo perdí el conocimiento.

En estos momentos, mientras a duras penas escribo este legado para el futuro que pretende al menos dar cuenta -que no explicar- lo acaecido, pues dudo mucho exista alguna explicación más allá de mi torpeza, mezquindad y codicia, por si a alguien pudiera ser útil, pienso en lo que ha constituido mi vida, repaso estos últimos días y, por supuesto, la noche pasada.

Es curioso, lo que aparentaba una broma maldita se ha transformado en la más atroz de las pesadillas. Un sueño perverso que supera todo, sospecho que incluso, hasta la muerte.

Me asalta una gran duda: he pretendido disfrazar lo sucedido justificándolo en que se trataba de una chanza, un juego entre un infeliz como yo, sorprendido en su buena fe, y un raro sujeto con aficiones también extrañas. Sin embargo, creo no era ese el panorama, algo corroe mi alma, descubro que yo era plenamente consciente del juego al que, irresponsable de mí, jugaba. En mi interior bien sabía lo que ponía en riesgo, y así lo acepté, ya fuera por romper con mi anodina existencia, por eludir de un plumazo mi hábito diario o por despegarme de esa ciénaga cotidiana en la que me encontraba atrapado. Esta es mi aflicción, mi amarga e intensa tortura, lo demás, el dolor físico, ese tan sólo representa una relativa incomodidad, como al moribundo no le preocupa el largo de su cabello o si aparece bien rasurado.

No tengo miedo a morir, representará una redención, volaré hacia el horizonte flanqueado por las gaviotas, en libertad para encontrarme con mi destino. El drama de la existencia no debe ser la muerte, la auténtica tragedia, la verdadera desdicha estriba en no haber vivido, y yo puedo decir que ni siquiera sobreviví durante la etapa en que deambule por este mundo. Confío en que el que está por llegar me gratifique.
Aquí a mi lado dispongo de una cadena, gruesos eslabones que terminan en un artilugio también de hierro, pesa lo suficiente, para mí será suficiente, a mi me servirá.

Sólo un momento, apenas un salto y cesará mi padecer, no volveré a ver esa horrible silueta sonriente, le habré vencido. Debo caminar unos pasos hasta la borda, un pequeño esfuerzo y me libraré de él. El pacto no se ha consumado, el muy iluso creía poder derrotarme a través del dolor, el ser humano puede decidir su muerte, aunque tan sólo sea eso. Yo detento la última palabra, conservo la facultad primera del ser humano: el libre albedrío, él no lo podrá comprender nunca, no es mortal. Sé que nadie me recordará, siempre he perseguido algo, jamás supe muy bien el qué y termino ahora, a miles de kilómetros del lugar donde nací inmerso en la soledad más absoluta, como siempre he querido o me han obligado a vivir y con una gran pregunta que me inflama desde lo más profundo, pero todo está bien.

Si lo que me acongoja es un sueño, despertaré. Si por ventura, mala ventura, no lo fuera, dormiré para siempre...

Lo que se ha transcrito es copia del manuscrito encontrado hace muchos años en el camarote de un presunto suicida desaparecido, su cadáver jamás se recuperó. Todos los indicios apuntan a que cayó, o mejor se lanzó al mar, en algún lugar de las islas griegas, durante la travesía del trasatlántico “Estrella del Mar” en un crucero por el mediterráneo. En ese viaje yo, responsable último de que haya visto la luz este documento, ejercía de médico a bordo y conocí en persona al desaparecido.

Este texto constituiría poco más que la fantasía de un loco, si no fuera por el hecho de que acabo de reconocer en la calle a aquel sujeto que traté entonces. Se conservaba igual, los años no habían pasado por él. Iba acompañado por un individuo anodino, ni joven ni viejo, de edad indeterminada, aunque mechas en tonos grises y blancos aclaraban sus sienes y un ridículo bigotito completaba un rostro indefinido...

jueves, 2 de febrero de 2012

UN VIAJE A LA NOSTALGIA (LXI) "Un tipo genial"




UN TIPO GENIAL
Rodrigo D’Ávila





Cuando te propones escribir sobre algún acontecimiento que te marcó, en especial si de lo que se trata es de describir a personas que has conocido, necesitas apoyarte en la distancia. Este axioma, que siempre he seguido, se convierte en indispensable cuando el sujeto al que deseas acercarte mediante la escritura ha estado muy cercano a ti; entonces ese trecho debe multiplicarse de manera exponencial a la proximidad que hayas mantenido con esa figura. Sin embargo, como no es posible lograr distancia física, por mucho que el protagonista nos haya abandonado, ¿de qué manera te enfrentas al desafío? Considero que no existe otra que la lejanía en el tiempo. La espera paciente a que transcurran los años y el vacío se transforme en serenidad, el recuerdo en ponderación y la ausencia en sosegada ecuanimidad.

La persona, magnífico ser humano -vaya eso de primeras y sin ambages por delante- al que con mínimas pinceladas pretendo retratar, hace varios años que nos dejó. Creo llegado el momento por tanto para, desde la humildad de un puñado de líneas, rendir homenaje a su trayectoria vital durante los casi ochenta años en que disfrutamos de su compañía, que tanto bien nos hizo en todos los sentidos.


“Cuando nací, mi padre era un ser que a veces aparecía para aplaudir mis últimos logros…”

Si pudiera dibujarle con la magia de las palabras en apenas dos o tres, me quedaría con éstas: “era un hombre bueno”, nada más y nada menos. Pese a lo devaluado de esta expresión, no encuentro calificativo que mejor pudiera definirle. En efecto, desde ese trampolín -su hombría de bien-, construyó su vida, pues todas sus demás facultades y virtudes, que eran muchas, las puso al servicio de ese objetivo principal: hacer el bien, pasar por esta vida ayudando a la gente. No obstante, este propósito primero no aparecía como tal, nunca se lo puso como meta, todo lo contrario, actuaba de manera instintiva muy lejos de ser premeditada; apenas le costaba esfuerzo, o eso aparentaba, le salía natural pues su actitud la llevaba instalada en él, era intrínseca a su personalidad.

Todo lo demás que pudiera atribuírsele (profundo compromiso cristiano, inteligencia, preparación profesional, caridad, don de gentes, simpatía, humildad, memoria, sentido del humor…) adquiría el carácter de subsidiario a lo principal, o mejor, lo ponía a su servicio. Las capacidades y habilidades se convertirían así en instrumentos que coadyuvaban al natural y espontáneo propósito primero: la generosidad para con los que le rodeaban.

“…Cuando me iba haciendo mayor, era una figura que me enseñaba la diferencia entre el mal y el bien…”

Nació, a medias por casualidad y por el trabajo de sus padres -maestros-, en un pueblecito de la Moraña cercano a la capital, en donde dejó una parte de su corazón, pese a que la práctica totalidad de su vida transcurrió en Ávila. Sólo las interrupciones de los cinco años de carrera en Salamanca y el puñado de meses en las Milicias Universitarias (Monte la Reina y Vitoria), representan un paréntesis en su dilatado recorrido al pie de las murallas.

No quiero detenerme en exceso en su faceta laboral. Siempre fue un profesional de prestigio, tanto en su vertiente pública como privada. Apenas decir que todos los asuntos en que trabajaba los vivía como suyos, y ello le costaba no pocos momentos de preocupación que siempre excedían a su jornada diaria. Vamos, que no le era sencillo desconectar, eso también iba con su carácter.

Dotado de una memoria prodigiosa para lugares, fechas y sucedidos -de la que también se sirvió en su vida profesional-, gustaba hacer gala de ella para solaz de amigos y conocidos. Si bien, entusiasmado durante sus exhibiciones no se percataba de que a veces resulta más conveniente el célebre “tupido velo”. Y si no, escuchen una nimia conversación que con un matrimonio conocido pudo mantener por aquel entonces:

- Hola, ¿cómo estáis?- pregunta nuestro protagonista a modo de saludo, para de inmediato continuar:

- ¡Felicidades!

- ¿Por qué? – pregunta a su vez el marido.

- Hoy hace treinta años que os casasteis.

- Pues este fantoche, ni siquiera se ha acordado, desde esta mañana le estoy esperando - termina la señora con un enfado considerable.

Era un verdadero erudito en historia de España contemporánea (periodo prerrepublicano, II República, Guerra Civil y posguerra). Poseía una gran biblioteca en la que esta época tenía una extraordinaria representación, además de todo lo aquí publicado, se había agenciado ediciones del extranjero que resultaba imposible conseguir en nuestro país, entre otras razones porque estaban prohibidísimas.

Tenía otras aficiones, como la música clásica, zarzuela y también comedia musical, que cultivaba en los pocos ratos libres de que disponía.

“…Durante mi adolescencia era la autoridad que ponía límites a mis deseos…”

Se fue hace tiempo, a las puertas de un otoño que aquel año fue más gris y decadente. Sin hacer ruido, dejando una huella indeleble en todos los que tuvimos la suerte de conocerle. Su conducta siempre, para con todos, representaba algo así como el protagonismo que desempeñan esos elementos de la reacción química, catalizadores creo se llaman, que pareciera no intervinieran en el proceso, y no obstante éste no sería lo mismo sin ellos estar presentes. Para con sus hijos y personas cercanas, igual que la red de los acróbatas, su presencia no coartaba su autonomía, su libertad -ese valor tan idolatrado ahora-, sin embargo de continuo estaba ahí, para redimir de cualquier perjuicio que pudiera devenir en irreparable. Ya nos abandonó. Jamás pensé que el hueco abierto entonces resultara tan difícil de colmar. A decir verdad nunca he logrado llenarlo. El inmenso dolor del principio, poco a poco ha trocado en melancolía, en dulce añoranza que me asalta a menudo y me niego a rechazar, todo lo contrario, igual que ahora mientras escribo, siempre disfruto de su recuerdo, bueno… en realidad cuando evoco su figura lo que sucede no es que retorne a mi memoria, es que en verdad gozo con su presencia.

“…Cuando fui adulto, se convirtió en el mejor consejero y amigo que tuve.”

lunes, 20 de junio de 2011

LA FIGURA DE LA SEMANA (un relato imaginario -de imaginación y de imagen-)



La Figura de la semana




¿Somos como realmente nos vemos a nosotros mismos cuando observamos ese extraño cuya figura, cruda y a veces insolente, devuelve el espejo en cualquier destemplada mañana de invierno? O por el contrario, ¿quiénes en realidad somos, la imagen que nos representa es aquélla que de cada uno tienen, acaso por habérnosla hurtado, los demás, la gente que nos rodea?

¿Es esa efigie única e inalterable? O quizá presentamos una diferente según el antagonista que, frente a nosotros, en cada coyuntura se opone. ¿Somos capaces de manipular nuestra imagen y lograr, cual trileros del día a día, trasladar a nuestro interlocutor una personalidad distinta según quien tengamos enfrente?

Por el contrario: ¿Nuestra personalidad se afirma -tan sólo- porque así lo desean aquellos que nos conocen, y de la guisa en que a ellos les place?


¿Es posible transformar nuestra íntima apariencia, en distintas según convenga, frente a todos y todo el tiempo? Y si es así, ¿llegado un momento no dudaremos de nuestro yo más esencial y perderemos nuestro auténtico -digamos- alma?

¿Existimos en fin, en tanto en cuanto permanecemos en la memoria de los otros y justo hasta el momento en que la presencia física deja paso al recuerdo y éste al infinito olvido perpetuo...?

La noticia con que el periódico esta misma mañana me ha sorprendido, ha vuelto a desatar de golpe, arrolladoras, todas estas preguntas que ahora, de nuevo, se agolpan demandando una respuesta que dudo mucho poseer.

Pero creo he de comenzar la crónica de este mágico episodio por el principio, al menos desde el instante en que yo, asumiendo el involuntario papel de espectador de última hora, irrumpí en esta historia; un relato que, al igual que yo al escucharlo por vez primera, cualquiera calificaría de aborto parido por la atormentada mente de un desequilibrado -si es que alguien, desde su honesta razón libre de prejuicios, pudiera pretender con osada ligereza etiquetar de tal modo a un ser humano como aquél que ante mí se presentó-. En estos momentos, quién sabe si demasiado tarde, no logro abstraerme a cuanto viví aquella tarde sin lanzar hacía lo más profundo de mí ser este angustioso interrogante: ¿acaso también yo habré perdido pie en mi particular travesía sobre el filo de la navaja, esa línea que constituye la tenue frontera razón-locura...?



“Bueno, nada más, nos vamos, me despido por unos meses tiempo durante el que se librarán de mí; eso salen ganando. Un abrazo de todo el equipo de producción y, por supuesto, del mío propio: Néstor Palacios. Esto es todo amigos, ¡hasta siempre! y... ¡graaacias!”

Música bullanguera, aplausos del público que se encuentra en el estudio, las luces se apagan y Néstor se despide de sus colaboradores más cercanos:

- Ya nos llamamos -asegura dirigiéndose al realizador-. Como te dije, pasaré un tiempo descansando y pronto comenzaré a trabajar en el proyecto de un nuevo programa, ni que decir tiene que cuento con todos; contigo coordinaré lo necesario una vez haya decidido hacia donde tiraré esta vez. En cualquier caso eso no será antes de un par de meses. ¡Hasta la vista! Así dio inicio a su relato el paciente con historia clínica número 6.545: Palacios Néstor, el que había acudido a mi consulta recomendado por un viejo colega y amigo a quién yo conocía de mucho tiempo atrás.

Se trataba de un individuo todo él mediano: estatura, complexión, instrucción e incluso edad, aunque el blanco que asomaba en sus sienes hacía representara más de la que en realidad tenía. Nada en él merecía la pena destacar sino fuera por algo accesorio -más tarde comprendería su auténtico significado- que me chocó; ello era, ni más ni menos, el atuendo con el que compareció: sombrero, guantes, gafas oscuras y una espesa barba - postiza a todas luces - como pretendiendo ocultar su identidad, o mejor, evitando mostrar siquiera una ínfima parte de su anatomía.

Tras las habituales presentaciones de cortesía y sorprendido de que yo desconociera su existencia -nunca fui dado a ver televisión, y desde luego no a contemplar espacios “prime time” de consumo de masas- pasamos al objeto de su visita, del que nada sabía toda vez que mi compañero había guardado buen cuidado en no desvelarlo.

Tomé de mi archivo un puñado de las correspondientes hojas impresas, y me dispuse a cumplimentar la historia:

Nombre, antecedentes familiares y personales, enfermedades pasadas, relación con las drogas (en su juventud había probado LSD y en la actualidad era consumidor -esporádico según aseguró- de cocaína). Pronto terminé el cuestionario de rutina y, con ese aire entre interesado y sereno con que siempre he procurado confortar al paciente, pregunté:

- Y bien Néstor. ¿Cuál es el motivo de su visita?

Arrellanándose en el asiento y como si tuviera prisa por confesar, por sacar a la luz lo que le angustiaba, dio principio a su narración:

- Verá doctor, antes que nada le diré que acudo a usted con el pleno convencimiento de que en muy poco, por no decir en nada, podrá ayudarme; sin embargo, al menos me escuchará, será participe, también biógrafo cuando todo acabe, de mi desesperación y comprenderá el auténtico significado del desenlace que pronto, muy pronto tendrá lugar. No, no diga nada, aguarde a conocer el mal que me aqueja y usted mismo se convencerá.

-Como le he dicho, me dedico a esto de la televisión espectáculo. Produzco, dirijo y, la mayoría de las veces, además presento programas de gran audiencia de los más diversos estilos: musicales, variedades, entrevistas rosáceas, hasta algún concurso... y he de decirle, aunque suene a petulancia, que desde hace algunos años, precisamente con aquel famoso: “Yo pregunto, usted responde”, todos con extraordinario éxito de público, si bien no así de crítica, ésta nunca me ha tratado como merecía, tal vez por ello hace tiempo dejé de prestarla atención, y por lo mismo esos envidiosos del éxito ajeno frustrados de gloria, que lo saben, a cada momento tratan de hacérmelo pagar.

Sin temor a equivocarme puedo afirmar que a partir de aquel primer triunfo no he parado de trabajar, y mucho me temo que ello haya influido decisivamente en mi vida privada. Llevo años divorciado y creo durante este periodo no haber echado de menos la vida familiar; el trabajo ha significado para mí algo así como una obsesión, lo ha llenado todo. Arriesgándome a parecer un cínico carente de eso que la chusma llama sentimientos, y en lo que se refugia para ocultar su vulgaridad, creo que el hombre con algo importante que construir en su vida, algo con lo que se le recuerde, ha de desprenderse del lastre, de todo aquello que pueda distraerle en su camino, y esos afectos de que tanto habla la gente constituyen el mayor peligro en la trayectoria de cualquier gran hombre que se precie.

No puedo negarlo, aquellas palabras me impresionaron y no sólo por ellas en si mismas, sino por su tono -seguro que no se trataba de una pose-, aquel hombre estaba plenamente convencido de lo que decía, de lo que había sido su vida y su relación con los demás, hasta con sus más cercanos. En contadas ocasiones, durante mis muchos años de ejercicio profesional, había escuchado algo así, ni siquiera en las entrevistas a personalidades psicopáticas o con rasgos paranoides. En todos los casos, por mínima que fuera, siempre emergía una referencia a los afectos; bien por la añoranza de su pérdida, bien por su desesperada búsqueda, o en fin, por el anhelo en recuperarlos. Para Néstor apenas suponían un inconveniente, un lastre como el mismo decía, algo accesorio en lo que sólo reparaba para expresar su desprecio.

- Pero ese no es el motivo de mi presencia -continuó Néstor-, sino algo mucho más grave. Hace unos meses, y anticipándome al previsible comienzo de la caída de los índices de audiencia, decidí suspender el programa que con tanto éxito mantenía en el aire las tres últimas temporadas. Además, así descansaría, me tomaría un respiro y volvería al cabo de un año con nuevas ideas y renovados bríos. ¿Sabe doctor? Esto de la tele quema mucho, a ti y a los que te siguen, no es bueno cansar al público. Por otra parte, tenía bien merecido un respiro, llevo diez años sin parar y mi cuerpo demandaba a gritos este pequeño paréntesis.

Así que, como le he dicho al principio, hace tres meses me despedí de mi público con la última edición de “La Figura de la Semana”, un programa de entrevistas con gente famosa en el que se intercalaban actuaciones de las más renombradas estrellas del mundo. Bueno, eso ahora da igual, y tampoco quiero aburrirle...

- No se preocupe, me interesa conocer todos los detalles - le tranquilicé.

- Como le decía -prosiguió Néstor su relato- me retiré lejos de todo a una casita que poseo muy próxima al mar, una especie de cabaña de cuya existencia muy pocos saben y donde me sentía completamente feliz cuando, muy de tarde en tarde, ya cada vez más de tarde en tarde, me acercaba para disfrutar de la deseada soledad que ésta me ofrecía. Y es que siempre he sido un apasionado de un cierto aislamiento voluntario, acaso como reacción inconsciente a lo que ha sido una constante en mi vida: la multitud, encontrarme a menudo rodeado de gente, profesionales-compañeros y público, es lo mismo, muchedumbre al fin y al cabo la que como tumulto he acabado por odiar. En fin, me estoy desviando de lo importante… mi propósito era permanecer allí, en mi oasis particular, un par de semanas para luego iniciar un largo viaje por el nuevo continente al objeto de descubrir lo más reciente que en espacios de variedades se produjera en la cuna de este medio.

Los primeros días transcurrieron con normalidad, sentía unas ligeras molestias, inespecíficas como dicen ustedes, y asimismo un cierto desasosiego que sin embargo no lograba perturbar el sentimiento de calma benefactora que me invadía, ese que tanto había echado de menos en estos años. La soledad era la mejor medicina que conocía, a la que siempre recurría las escasas veces que he necesitado parar.

Así continuaron su perezoso devenir las siguientes jornadas: paseos por la playa, baños a la luz de la luna, buena comida, plácidos amaneceres, reencuentro con alguna aventura interrumpida tiempo atrás… Así hasta que una mañana, al levantarme, dio inicio este tormento que desde entonces me aflige y creo pronto acabará conmigo.

Como otras veces, entré en el cuarto de baño, una ducha reparadora y, siguiendo la rutina cotidiana, me dispuse a terminar el aseo frente al espejo. Fue entonces cuando observé algo que me heló la sangre en las venas: completamente desnudo, la imagen que devolvía el cristal no era la habitual.

- ¿No se reconocía? - me atreví a interrumpir.

- No, no se trataba de eso, por supuesto que aquel que aparecía frente al espejo era yo mismo, o al menos... lo que quedaba de mí.

- ¿Qué quiere decir? - intrigado no pude por menos de volver a detener la noticia de su peripecia.

- Mi aspecto resultaba el habitual, si no fuera por que... ¿Cómo le diría...? Parecía no poseyera sustancia física, sí, eso es, como si mi cuerpo hubiera perdido consistencia. Hasta creía ver, mirando al espejo y a través de él, tenues los objetos que se hallaban a mi espalda y que en realidad mi cuerpo tapaba.

No quise interrumpir de nuevo su exposición, pese a ello, enseguida pensé en un caso de esquizofrenia -sin determinar en ese instante el apellido-. Las personas con esquizofrenia pueden percibir la realidad de forma muy diferente a cómo lo hacen otras personas que las rodean. A menudo sufren síntomas aterradores, como oír voces internas no percibidas por otros, o creer que otras personas leen sus mentes, controlan sus pensamientos o conspiran para hacerles daño. Al vivir en un mundo distorsionado por alucinaciones y delirios, las personas con esquizofrenia pueden sentirse asustadas, ansiosas y confusas, y pueden vivir aterradas y recluidas. Su forma de hablar y de comportarse puede llegar a ser tan desorganizada que resulte incomprensible o espantosa para los demás. En parte debido a lo inusual de las realidades que experimentan, estas personas pueden comportarse de formas muy distintas en momentos diferentes. A veces pueden parecer distantes, indiferentes o preocupadas, e incluso podrían permanecer sentadas rígidamente, sin moverse durante horas y sin emitir un sonido. Otras veces, podrían estar moviéndose constantemente, siempre ocupadas, con aspecto despabilado, vigilante y alerta.

Para comenzar a concretar un diagnostico diferencial, recordé ciertos casos de esquizofrenia suficientemente descritos que presentan análogos síntomas (percepción de ausencia de materia, insubstancialidad etc.).

A pesar de todo me resultaba extraño -y más teniendo en cuenta la edad del paciente- que de improviso apareciera sintomatología de carácter psicótico. De cualquier manera, potencialmente también el consumo de ácido pudiera provocar esas alucinaciones, aunque, según confesaba, lo había abandonado mucho tiempo atrás.


- Sí doctor, en ese momento comenzó este calvario. Con el paso de los días continué observándome, y lo que en principio apenas era un ligero clarear se fue convirtiendo en absoluta transparencia. Mi cuerpo, renegando de su habitual opacidad, tornábase poco a poco traslúcido. La certeza me llegó durante la primera salida al pueblo cercano para hacer unas compras, no se trataba de figuraciones mías, o de un problema de visión alterada de la realidad de mi cuerpo. La gente paraba su andadura para mirarme y se arremolinaba junto a mí entre aspavientos, resultaba algo así como un fenómeno de feria. Precipitadamente huí del lugar y retorné al seguro refugio en la soledad de mi cabaña.

Llamé a mi representante que me puso en contacto con un médico al que acudí. Como imaginaba, no supo diagnosticar lo que me ocurría ni por supuesto dar con un tratamiento para al menos paliar mi congoja, porque no existe medicina conocida que frene esta volatilización progresiva en que se ha convertido mi vida. Ese compañero suyo me aconsejó acudir a usted, y aquí estoy, sin esperanza, suspirando por encontrar un mínimo consuelo mientras le refiero este encantamiento que, sin saber cómo ni por qué, se ha apoderado de mí mientras me conduce a un final espantoso que acaso, y ello es lo que más me aterra, representa justa recompensa a lo que ha sido mi vida, en especial la que he llevado estos últimos años.

No obstante aquí no termina todo, debo confesarle que yo mismo he llegado a un diagnóstico certero de la enfermedad, de ahí nace la impotencia y abatimiento que me embarga, el conocer que no existe cura para mi dolencia y que ésta, implacable, me consumirá.

Hace poco, convencido de lo perentorio del plazo que me queda y con el fin de transmitir una especie de legado para la posteridad, he grabado un vídeo -que, en su momento, colgaré en las redes-. Qué mejor manera de manifestarme en estos instantes del final, yo que siempre he vivido para las cámaras. Del mismo modo que esos veteranos actores de teatro ansían sucumbir entre las bambalinas, yo también he querido dirigir a todo aquel que tenga a bien contemplarme el definitivo mensaje resumen de una vida.

No le referiré su contenido, es lo de menos, apenas una pretenciosa exhibición de mi ego, una más. Lo verdaderamente importante, aquello que ha dado respuesta concluyente a lo que me está sucediendo, a este sortilegio que dará fin a mi vida, se ha revelado resplandeciente cuando me he dispuesto a contemplar mi imagen en el televisor. Allí aparecía, como en mis mejores momentos: la figura plenamente delimitada, consistente, fuerte, hasta diría más juvenil que nunca. Ni siquiera mi pesimismo se dejaba traslucir en esa misiva final. Yo, imponente, surgía de la pantalla como aquel guerrero que vence en sus batallas después de muerto; ese es mi elemento, el medio soy yo mismo, gracias a él vivo exuberante y sin su amparo no soy nada, existo en tanto en cuanto mi publico me admira; a través de los espectadores me reafirmo en mi verdadero ser, a ellos les pertenezco, en su regazo encuentro el aire de vida, la razón de mi existencia.

Lo sucedido ha recuperado de mi memoria algo que en algún sitio leí; sí, el pavor que ciertas tribus primitivas sentían ante las cámaras fotográficas de los primeros exploradores. Se negaban con todo su afán a permitir captaran sus efigies; firmemente creían, ahora sé con cuanto fundamento, que el fotógrafo les robaría su espíritu, su esencia, o lo que es lo mismo: su intimidad e identidad misma. En estos últimos días me he documentado algo más en torno a esta leyenda. Se trata, lo sé, de una vieja creencia que, como todas ellas, tiene su poso de realidad, esas tribus aborígenes se negaban a ser fotografiadas por los exploradores, porque aquellas máquinas robaban el alma.

Esta leyenda, que he escuchado varias veces, tiene una de sus “realidades” más representativas en la vida, muerte más bien, de Guido Boggiani, un italiano que nació en 1887 y que dejó su vida a comienzos del siglo XX en Paraguay. Artista y etnólogo, fue esto segundo lo que le llevó a viajar por Sudamérica. Después de un tiempo desaparecido, se organizó una expedición, dirigida por el explorador español José Fernández Cancio, para localizar a Boggiani. Lamentablemente lo que localizaron fue su tumba. Él y su peón habían sido asesinados, presuntamente por los indios, y enterrados con las cabezas separadas de los cuerpos. Separar la cabeza del cuerpo impedía, para los nativos, que esos hombres siguieran haciendo el mal. Pero lo más curioso es que también enterraron la cámara fotográfica del explorador. Sin duda, porque aquel chisme también hacía el mal, posiblemente, robaba el alma. De hecho, la hipótesis más aceptada para justificar su muerte a manos de los nativos, si fue así, es la que se basa en que sus fotos sorprendían, molestaban y preocupaban a los indios.

Demasiado tarde comprendo la causa del espanto que les asaltaba ante tal eventualidad. Y nosotros, pobres hijos de la civilización, apenas les teníamos por unos estúpidos y crédulos salvajes...

Siempre pensé que en la sociedad de hoy, el hombre, la mujer, cualquier persona, adquiría su auténtica dimensión a través de la imagen que de ella poseían los demás, poco importaba la forma en que a ti mismo te vieras, lo en verdad determinante era aquello que transmitías a los otros. Esto, que en la vida común apenas tiene trascendencia porque en todo caso siempre conservas, aunque sea mínimamente, una parte de tu esencia, al menos para unos pocos -tus íntimos-; en el ámbito mediático adquiere una importancia decisiva, y para mi desgracia he reparado en ello cuando ya era tarde. Confieso haber pertenecido a mucha gente durante demasiado tiempo, tanto que llegado un momento tan sólo existía en el concepto que mi público poseía de mí, a su capricho, tal y como a cada uno le convenía contemplarme. Mi imagen, y por extensión mi vida, ya no era mía, esa audiencia por la que tanto suspiré había logrado hurtármela. Han bastado unas semanas lejos del medio para que, con la misma cadencia que esa imagen se borraba de la memoria del espectador, yo me desvaneciera del mundo real; o quizá hace años ya lo había abandonado y ahora no quedaba más que la representación, el modelo que los demás disfrutaban u odiaban, ese que anodino y en silencio se retiraba ya, a la manera de un definitivo mutis, del recuerdo de los otros.

Con estas sombrías palabras, ceremoniosamente, Néstor se puso en pie y comenzó a despojarse de sombrero, guantes, gafas y también de aquella horrible barba de atrezzo. Finalmente, se mostró ante mí una estampa difícilmente definible, desde luego todo lo que en él se descubría aparecía translúcido. No deja de ser curioso, lo que ahora con más fuerza queda en mi memoria es apenas un detalle: tras lo que podría decirse constituía su cabeza y parte de su torso, surgía nítido, claramente diáfano y visible hasta en sus mínimos detalles aquel paisaje de Canogar que, colgado en la pared opuesta, presidía majestuoso mi despacho.

Luego de, por unos instantes, exhibir su impúdica transparencia, dio medía vuelta y, pausadamente, como cumpliendo un rito, sin siquiera tomarse la molestia de abrir la puerta, se alejó definitivamente de mi vida confundiéndose entre las primeras sombras de la noche que poco a poco lograba adueñarse de aquel largo e inolvidable día.


Releo de nuevo la página de sucesos del periódico que, desplegado, reposa sobre mi mesa:

Agencias.- Según fuentes de la Oficina del Fiscal, en las últimas horas y por agentes de la fiscalía, se busca infructuosamente el paradero del popular productor y presentador de televisión Néstor Palacios desaparecido de su domicilio. Las primeras hipótesis acerca de lo sucedido se encaminan hacia un más que probable secuestro, descartándose la posibilidad de robo ya que todas sus pertenencias, incluso ropas y enseres personales, se han hallado en su residencia de la ciudad. Parece como si hubiera tenido que salir precipitadamente, aseguró una de esas fuentes.”


Esto es todo amigos, ¡hasta siempre! y... ¡GRAAACIAS!

lunes, 16 de mayo de 2011

LA PRÓRROGA (todo por un sueño)






La Prórroga










Echó el cierre al entramado metálico protector de los grandes ventanales que flanqueaban la puerta de entrada al establecimiento, colocó el cartel de cerrado y bajó las persianas, tupido velo a las miradas indiscretas desde el exterior.

Siempre el mismo rito cuando un partido de importancia iba a celebrarse. El bar, esa cafetería que con aires de importancia abrió hace años en el extrarradio, fiado en la expansión de la ciudad hacia allí, se había convertido en un lugar al que tan sólo concurrían parroquianos fieles: trabajadores de una cercana fábrica de productos lácteos, los administrativos empleados de algunas oficinas instaladas hace tiempo en inmuebles cuyos propietarios pensaron lo mismo que él y el puñado de despistados que de vez en cuando se perdían por aquellos andurriales.

Aún así, no podía quejarse, viudo y sin hijos, Lucas lograba sobrevivir sin estrecheces. Pese a las pírricas ganancias que le proporcionaba el negocio, el mínimo gasto que demandaba, hasta le permitía el ahorro y mantener intacto el capitalito que le quedó después de varios años de dedicación a la única actividad que le apasionaba: profesional del fútbol. En efecto, eran otros tiempos, las fichas y sueldos no podían compararse ni por asomo a las actuales, aún así, había conseguido montar este pequeño negocio, vivir cómodamente de él, acaso incrementar el patrimonio adquirido gracias a lo que constituyó su máxima emoción, casi adicción en esta vida.

Tras los cristales contemplaba aquel tibio atardecer de primavera. Los pocos que todavía deambulaban por la calle, aprisa, como si una imaginaria sirena hubiera sonado a generala, se disponían a recogerse en sus hogares. El primer partido de la selección en el mundial merecía eso y mucho más.

La costumbre, adquirida a lo largo de los años, imponía que en días como este Lucas cerrara minutos antes del comienzo del partido. Bien conocía que no habría clientes, y aún habiéndolos seguro daría lo mismo; le gustaba disfrutar del fútbol sólo: él frente al televisor, así desde que murió Rosa, su fiel compañera de toda la vida. Y es que con ella todo era distinto, iban juntos a todos los sitios, también a la capital más cercana, siempre donde hubiera fútbol de primera división.

Terminó de limpiar, cerró la puerta y echó la cortinilla. El cartel de cerrado le libraría de inoportunos clientes, él seguiría dentro, en silencio como tantas veces -apenas, en un susurro, algún comentario para si- mientras contemplaba el partido en el viejo Telefunken, uno de los primeros en color que salieron al mercado.

Aún quedaban unos minutos, antes de apagar las luces se detuvo frente a las variopintas fotografías -todas sin colorines, a lo más el sepia producto del tiempo y manoseo- que ornaban las paredes del local y recogían con torpeza retazos de su juventud.

Ahí estaba, formando con su equipo de toda la vida momentos antes de jugar la final de copa, aquella que perdió. Aunque toda la prensa coincidió en que fue el mejor de su equipo y del partido, no le sirvió nunca de consuelo. Nadie se acuerda de los perdedores, decía a menudo. Perdí como tantas otras veces.

Junto a aquélla aparecía otra en la que pocas veces se detenía, esa que siempre repetía la iba a retirar, a quemar incluso; nunca lo hizo ni lo haría. Se la sabía de memoria: era él con la camisola de la selección cabeceando a puerta, a menos de cinco metros de un arco semivacío, apenas se ve junto al poste a un único defensor, ese precisamente que décimas de segundo más tarde lograría tocar el cuero lo suficiente como para evitar el gol y despojarle de la gloria que siempre creyó merecía.

A menudo pensaba que todos tenemos una oportunidad en la vida, un tren que tan sólo pasa una vez, ese fue mi tren, aquella la ocasión de mi triunfo para la eternidad -a modo de consuelo y con desgana insistía para sí-, qué vamos a hacerlo, peor sería no haber disfrutado de la oportunidad, ahora ni siquiera tendría recuerdos a los que agarrarme.

Unos insistentes golpes en la puerta le arrancan de sus pensamientos. -¿Quién será ahora?- reniega ahogando una blasfemia a modo de apostilla.

-Está cerrado- vocifera. El machaqueo continúa… Alguien hace rato aporrea la puerta y Lucas ensimismado tarda en percatarse.

-¡Está cerrado le digo, márchese!- repite irritado. Sin embargo los golpes persisten aún con mayor virulencia.

-¡Va a romper los cristales!- Agarra el quitapenas, recio cayado de pastor regalo de un parroquiano, y se dirige hacia la puerta. La entreabre y observa como un anciano, puede que mendigo a juzgar por sus ropas, le ruega abra al tiempo que a modo de excusa suplica: -necesito beber algo-.

-Lo siento, ya le he dicho que hemos cerrado. ¿Es que no ha visto el cartel?-

-Déjeme pasar, no se arrepentirá-. Aquella respuesta le intriga y sorprende, parece como si el favor se lo fuera a hacer el viejo a él, piensa Lucas para si.

Unos segundos de duda y por fin franquea la entrada al extraño, no sin antes advertir:

-De acuerdo, diez minutos y nada de alcohol-.

No obtiene repuesta. El desconocido pone rumbo a la barra acodándose en ella. Le sirve un refresco que aquel hombre saborea con avidez lanzando un ahhh… de satisfacción tras el prolongado trago.

Lucas se percata de que el partido está a punto de comenzar si no lo ha hecho ya, olvida al intruso, pulsa el encendido del televisor, se sienta a su frente al tiempo que grita con intencionado tono impertinente:

-¡Y aligerando que tengo mucho que hacer!

El televisor comienza a vomitar las primeras imágenes, se ve a los jugadores -solemnes- escuchando los himnos. En ese momento Lucas exclama:

-Pero… ¿Qué le pasa a este chisme… no te irás a joder precisamente ahora?

Las efigies de los jugadores aparecen nítidas, perfectamente delimitadas; la voz del locutor -grave, con personalidad y magnifica dicción- inunda los rincones del local. Todo está en orden, excepto por un mínimo detalle: ha desaparecido el color, las gradas, césped, protagonistas… todo se aparece en un esplendido blanco y negro, eso sí, con su infinita gama de grises.

Lucas se dirige al aparato y comienza a manipular los mandos, nada… todo sigue igual. Desesperado apaga/enciende varias veces, se ve a la perfección pero… sin color alguno que no sea el ya prehistórico blanco-negro.

-No se moleste- escucha a su espalda. Se vuelve y el viejo, con una imperceptible sonrisa aflorando a sus labios, repite:

-Digo que no se moleste, el televisor está bien, tome asiento y disfrute del partido-.

Aún sabiendo que algo no funciona, Lucas obedece sin rechistar, vuelve a su sitio e inmóvil permanece absorto con sus ojos fijos en la pantalla.

El juego ya ha comenzado, apenas unos segundos le bastan para reconocer lo que contempla. ¡Dios santo! Se trata de aquel partido, del partido, ese del mundial de Inglaterra, el de su imperdonable fallo en el minuto 89 que les hizo perder la final luego en los penaltis.

Ahí estaba, joven, el “9” a la espalda, con el juego desarrollándose idéntico a como lo recordaba, en su memoria lo habrá repetido miles de veces. Aquella entrada del central que le dejó renqueante varios minutos; el balón que toca la mano del defensa -y él vuelve a gritar penalti-; su disparo al filo de la media hora que toca el portero junto al palo. -¡Vaya paradón!- exclama ahora como entonces.

Finaliza la primera parte, los jugadores se retiran a los vestuarios.

-¿Me habré equivocado y estarán repitiendo aquel partido en lugar del España-Francia de hoy?- Hojea de nuevo el periódico del día y… no hay duda, debían dar el primero de la Copa del Mundo.

De cualquier manera no le importa, desea visionarlo otra vez por mucho que sepa el final, que lo haya repasado mil veces, que de nuevo recuerde en vivo el lance que más le ha mortificado.

-Seré masoquista- se dice.

-¿Qué, acaba su refresco? Insolente se dirige al inoportuno cliente. Éste no contesta, aunque continúa con la leve sonrisa instalada en su cara.

-¿Será posible, y aún se estará riendo de mí?- musita Lucas entre dientes.

El comienzo de la segunda parte atrae de nuevo su atención hacia el viejo Telefunken. Retorna a su asiento y olvida al anciano provocador.

Todo se desarrolla igual que recuerda, lo mismo que mil veces ha repetido como en una perpetua moviola. ¿Todo…? Bueno, casi… Se alcanza el histórico minuto 89, continúa el empate… Ahí viene el centro desde el extremo, él cabecea con toda su alma, debe entrar, el único defensa no podría nunca llegar al balón… Sin embargo lo alcanza, llega a tocarlo… pero esta vez hace un extraño, roza el poste contrario y… mansamente entra en el arco. ¡¡¡GOOOL!!! Desde la pantalla grita Lucas como un poseso. ¡Goooool! Corean sus compañeros que corren a abrazarle. Nuestro protagonista no da crédito a lo que ve, al tiempo escucha al viejo lanzar una sonora carcajada. No le presta atención, ávido sigue contemplando el espectáculo. Como capitán, la reina le entrega el trofeo, la Jules Rimet, con ella dan la vuelta de honor al rectángulo de juego…

-Por favor, apaguen sus cigarrillos y abróchense los cinturones- suena por la megafonía del avión.

Lucas, sobresaltado despierta, aún tiene abrazada la copa, prácticamente no la ha soltado desde que terminó la final.

-Eh, eh… ¿qué ocurre, qué pasa…?-

-Parece que hay un problema en el avión, el piloto va a intentar un aterrizaje de emergencia- angustiado le advierte Carrizo su vecino de asiento, la aterrada mirada de éste le sitúa al momento en la realidad.

No da tiempo a más, de repente escucha una ronca explosión y todo se funde en negro. Lo último que consigue entrever en la penumbra es la efigie del viejo, sí de ese inoportuno mendigo que le mira mientras continúa dibujando en su ajado rostro una leve, casi imperceptible sonrisa…

domingo, 12 de diciembre de 2010

UN VIAJE A LA NOSTALGIA (LX) "Ese sentimiento tan peculiar"



ESE SENTIMIENTO TAN PECULIAR
Rodrigo D’Ávila





En muchas ocasiones el comportamiento del ser humano es grande, admirable, hasta sublime, adquiere tintes heroicos de sacrificio para con los demás; sí, ya sé que en otras, más de las deseables su actitud es miserable, rastrera, sádica y hasta genocida, ejemplos de ello los tenemos a cientos todos los días.

Hoy, desde estas líneas, voy a tratar su lado más hermoso, glosar un sentimiento que a muchos adorna y considero que hasta engrandece; una pasión que cuando no se utiliza como arma arrojadiza ni con aviesos fines de perjuicio para con aquellos que no sienten lo mismo, ennoblece a hombres y mujeres.

Los sentimientos que iluminan al ser humano van desde el amor a la tierra, a la familia -padres, hijos, esposa, incluso, sí créanlo, a veces a la suegra- hasta el cariño, o mejor, devoción por un santo, santa, cristo o virgen, por los que se daría la vida sin dudarlo.

Pero no, no es en esa clase de sentimientos en los que pretendo detenerme, sino otro mucho más prosaico, puede que banal y hasta mediocre, aunque ya verán como no es tan insignificante como pudiera parecer.

El afecto, inclinación o fidelidad a que me refiero es el amor hacia un equipo, sí no se rían, hacia un equipo de fútbol.

Esta pasión brota en los albores de la pubertad y, las más de las veces, te acompaña durante el resto de tu vida como fiel escudero al que acudes en los malos momentos y casi nunca te falla. Y no me digan aquello de "opio del pueblo" o “pan y circo”, porque no se trata de eso; como tampoco nunca se ha dicho lo mismo -salvando todas las distancias- de la música, el cine, el teatro o cualquiera otra de las artes.

Por supuesto que no es común a todos, así puede no gustarte ningún deporte y el sentimiento no alcanza esa enjundia que representa para otros; sin embargo, estoy seguro que a la mayoría de aquellos a los que el deporte ni fu ni fa, al menos prefieren que cuando se enfrenta a extraños siempre venza el equipo que representa a su terruño. Pues ese ya constituye el germen de este fervor.

Pero hablemos de fútbol en particular. Durante los sesenta y en nuestra tierra había aficionados del Madrid, Atlético de Madrid (atleti), Betis balompié, Atlético de Bilbao (atlethic), Barcelona y otros; si bien, por razones conocidas, la afición hacia estos dos últimos ha decrecido bastante.

Esta pasión, aunque parezca irracional y puede que lo sea (¿qué te va a ti en el hecho de que unos individuos en paños menores porfíen con otros por introducir una pelotita en un cubículo que denominan portería?) se mueve en otra dimensión, en la esfera de las emociones, de los sueños, de las sensaciones, de aquellas vivencias que no se pueden pesar o medir, ni siquiera razonar sobre ellas. Por ello, cuando alguien, desde un punto de vista lógico, censura estas actitudes parte con una ventaja o desventaja, según se mire, la de que no puede discutirse con él en el nivel en que plantea la controversia.

Resulta difícil de definir la sensación que experimentas al contemplar un partido de fútbol cuando uno de los contendientes es tu equipo. Se trata de un nerviosismo, de un cosquilleo que te acompaña desde que comienza el partido hasta el pitido final. Al terminar, los sentimientos que se agolpan van desde la satisfacción a la frustración o impotencia. Es curioso, por grande que sea la decepción que sientas, seguro, a poco que puedas, no te perderás el siguiente partido.

Por supuesto esta mística, esta noble emoción, se transforma en cerril e inhumana pendencia cuando hooligans, movidos por otras inclinaciones, se apropian de esta pasión para oscuros fines que nada tienen que ver con el fútbol. Pero esto también ocurre con las más nobles disciplinas. Me vienen a la memoria los casos de corrupción en el Palau de Barcelona, las catástrofes acaecidas en multitudinarios conciertos, el mercado negro en obras de arte, los plagios en la música y otras artes, las desgarradas envidias entre compositores de todas las épocas, y otras miserias y hasta delitos que encuentran su caldo de cultivo en el mundo llamémosle... de la cultura.

Lo cierto es que este sentimiento tan peculiar, que para el verdadero aficionado no tiene su origen en el dinero, el poder o cualquier otro espurio apetito, sino en el inocente y desinteresado amor por tu club, es uno de los pocos que se mantiene íntegro desde la niñez y a muchos acompaña con mayor o menor intensidad hasta el definitivo adiós a este mundo y, por supuesto, a los estadios de fútbol.

Y ahora disculpen debo terminar, es que… comienza el partido.

martes, 5 de octubre de 2010

UN VIAJE A LA NOSTALGIA (LIX) "Memorias de África II"












MEMORIAS DE ÁFRICA (II)
(Mi nombre es Escipión, Escipión el africano)
Rodrigo D’Ávila





Más allá de los muros del Centro, en la ciudad, la vida civil transcurría con normalidad, con la rutina peculiar de una villa también distinta, en la que dos razas, o mejor, dos culturas convivían desde hacía siglos. Musulmanes y cristianos además de otras etnias de menor entidad (hindúes, asiáticos…) contemplaban cada nuevo amanecer en paz y tolerancia. De vez en cuando nos llegaban noticias de algún incidente (pelea o agresión) que en todo caso adquiría tintes de conflicto personal más que de racismo, xenofobia o intolerancia religiosa.

En el interior, en nuestro exiguo microcosmos, el día a día transcurría apacible al mismo e imperturbable ritmo que la plaza, su escenario natural. A periodos de actividad frenética -que en el fondo agradecíamos- sucedían otros de calma chicha. Era entonces cuando se imponía salir de aquellas oficinas ya siniestras que, tras días enclaustrados, se convertían en jaulas preñadas de una sensación claustrofóbica que de cuando en cuando nos envolvía a todos, también a los profesionales del oficio militar.

Ese sentimiento hacía las veces de alarma, de una especie de inconsciente llamada de atención; había que salir, debíamos traspasar el umbral de aquel recinto para en el exterior encontrarnos con otro, acaso igual de claustrofóbico, si bien entonces aún no lo sabíamos o puede no quisiéramos tener conciencia de ello. Sin embargo, abandonar aquella reclusión no resultaba tan sencillo, todo lo contrario, había que preparar la expedición con cautela. Uniforme en perfecto estado de revista, botas relucientes, pelo al milímetro autorizado, en todo caso más ralo. Si era invierno, el nudo de la corbata ajustado -como tuerca a tornillo- al cuello de la camisa. Todo detalle era vital, ya que fuera, emboscada entre la jungla -en eso se convertían las calles- aguardaba al acecho la PM, la Policía Militar que, según la leyenda circulante por los cuarteles, esperaba conseguir su premio (rebajas de servicio y otras prebendas) por cada “parte” que impusieran a los incautos soldaditos. Este parte o propuesta de sanción, que para el guardián constituía un premio, al penado podía acarrearle desde un arresto hasta la pérdida del destino. Y eso, amigos míos, eran palabras mayores. Por ello, cuando paseabas en la calles debías estar alerta, por lo que pudiera pasar, a no cruzarte si quiera con aquellos cancerberos de la “recia elegancia militar”, no fuera que, tras pararte, consideraran la patilla larga en demasía, el afeitado no apurado lo suficiente o la brillantez de las botas no fuera la precisa como para devolver con nitidez aquella cínica sonrisa tan suya previa a la solicitud apremiante de la documentación.

Resultaba kafkiano, en lugar de perseguir a los malos o dedicarse a otros menesteres más edificantes y castrenses, la misión de aquellos guardias de la porra era la de acosar a los suyos, seguro a ellos les serviría de excusa el pensar que tan sólo practicaban lo que se conoce por “daños consecuencia de fuego amigo”.

En sólo una de las salidas a la ciudad obviábamos las precauciones con la ropa y el aspecto; y ello era así sencillamente porque… no la llevábamos. ¿Desnudos por el parque? No, pero casi.

En época estival podíamos ir a la playa como cualquier hijo de vecino. La norma establecía que la salida debía ser una más: uniforme, botas etc. Ya en la orilla del mar, la orden era cambiarse en una inmensa tienda de campaña preparada al efecto. Este vestuario improvisado constituía un monumento al aroma, a los miles de olores, colores y casi sabores de los cientos de bañistas rapados que hasta allí se acercaban. Pues bien, otra de las ventajas de nuestro destino era -a diferencia de los demás sufridos bañistas- la posibilidad de acudir a la playa en bañador, chanclas y toalla. ¿Cómo? Muy simple, pidiendo un taxi en el que transitaríamos el trayecto de ida y vuelta, puesto que una vez en la playa, en paños menores, todos los gatos -pueden creerlo- son pardos. Eso sí, nadie de los de fuera debía sorprendernos mientras, cual domingueros ansiosos de mar, nos abríamos o retornábamos a nuestro particular Sangri-la.

Para santificar el día del Señor, algunos domingos y fiestas de guardar, nos acercábamos, como siempre guardando durante el trayecto todas las precauciones que ya conocen, a un restaurante italiano donde -como diría mi admirado Pérez Reverte- nos calzábamos unos excelentes espaguetis carbonara, una grandiosa calzone o un magnifico goulash -sí han leído bien, ya sé que es un plato húngaro- que allí apellidaban Strogoff como el correo del zar, todo acompañado de un Chianti espléndido -pese a su juventud o tal vez por ello-.

Mi permiso vacacional se concretaba en 30 días, ni uno más ni uno menos; no obstante, gracias a mis buenos oficios y al considerable trabajo -excusen la inmodestia- que había desarrollado durante los primeros seis meses de estancia en el destierro, logré que el Coronel Jefe del Centro me autorizara diez días más. Les confesaré que hasta mi licenciamiento estuve con la mosca detrás de la oreja, siempre temí me obligarán a recuperar esos dichosos diez días, y todo porque la ampliación de mi licencia se me concedió de forma oficiosa, de palabra, fuera del conducto reglamentario.

El hachís, ese fiel camarada para muchos… Han pasado tantos años, si hubiera existido delito seguro habrá prescrito. Viene este preámbulo a cuento de que, durante mi estancia en el norte del continente negro, supe de gente que traficaba con este derivado del cannabis en sus viajes a la península (maniobras, permisos etc.). Incluso corrió el rumor de que habían pillado a algunos en su viaje definitivo, el de licenciamiento, con cierta cantidad de tal elixir -entonces prohibidísimo- lo que les costó, por culpa del costo -disculpen la gilipollez redundante- varios meses en lo que allí se denomina “castillo” (cárcel militar).

El chocolate, hierba, kif, costo etc. en otras latitudes denominado marijuana, marihuana o maría, circulaba a su libre albedrío por la región. Si hubiera que identificar la zona turística por algún producto típico, no lo dudaría, aunque no se vendiera en tiendas de suvenir, éste sería el indicado recuerdo que traer a la abuela, y no porque ésta lo demandara, aunque… quién sabe. Todo por hallarnos a escasos kilómetros del paraíso del hachís, el valle de Ketama, tanto es así que en la jerga del lugar para ponderar algo como buenísimo o excepcional en su especie se decía: “es auténtico de Ketama”.

Otra curiosidad, aventura o riesgo que viví durante mi estancia fue el vuelo de vuelta, cuando mi permiso, desde la península. Se trataba de un Fokker 50, con hélices, como para 30 o 35 pasajeros. El paso de una costa a la otra transcurrió con normalidad, el pájaro se movía y sonaba lo que sin embargo al parecer resultaba algo habitual. Lo malo vino con el aterrizaje: la pista, demasiado corta, finalizaba en unos acantilados en los que en lugar de hangares -como todo aeropuerto que se precie- se adornaba con el mar tras una caída de muchos metros. Cuando el aparato tomó tierra, la sensación que a todos nos invadió es que se terminaba la pista y el bicho no paraba, creo que todos, instintivamente, estiramos la pierna como si con este acto consiguiéramos, mediante un simulacro de roce en tierra, hacer frenar a la máquina. Conclusión, mi definitivo retorno a la península lo hice en barco, ocho horas entre mareos sí, pero con el billete pagado y lo que es más importante: de una pieza. Les diré que años más tarde (en el 2003 o así) otro Fokker se salió de la pista, resultando varias personas heridas (se trataba del tercer accidente en los últimos cuatro años).

En fin, podría seguir relatando anécdotas y no quiero cansar ni tampoco, pese a mis buenos propósitos, sucumbir a la tentación y finalmente aparecerme como un abuelo, tío o primo Cebolleta, con sus batallitas y tal.

Por eso acabaré ya, y creo no existe mejor manera para hacerlo que con el comienzo de la inmortal novela de Isak Dinesen: “Yo tenía una granja en África, al pie de las colinas de Ngong…




sábado, 18 de septiembre de 2010

UN VIAJE A LA NOSTALGIA (LVIII) "Memorias de África (I)"




MEMORIAS DE ÁFRICA (I)
Rodrigo D’Ávila



Nada más lejos de mi intención que aburrir. Nada más ajeno a mi ánimo que, sin pretenderlo, aparecer como ese abuelo o tío cebolleta plomazo (habitual en cualquier familia que se precie) que relata quieras o no, entre los bostezos de sus nietos, sobrinos y demás allegados mártires, las aventuras de las que siempre salió airoso -jamás erróneas o calamitosas situaciones- que protagonizó durante el cumplimiento de su glorioso servicio a la patria.

Aunque si bien nunca lo sufrí -mis abuelos dejaron este mundo antes de mi feliz alumbramiento- siempre me propuse no torturar a nadie con batallitas que tan sólo al protagonista pudieran interesar.

No obstante lo dicho, y sin que tachárseme pueda de embustero, resulta indudable que los once meses de cuasi reclusión castrense en el norte del continente negro dieron para mil y una anécdotas, ciento una experiencias y decenas de situaciones cómicas unas, estrafalarias otras y, a los ojos de hoy en día, surrealistas la mayoría, que seguro puedan aparecer como atractivas tanto para aquellos que conocieron la época, como para los afortunados ignorantes - por su juventud lo digo - puedan servirles de regocijo en la distancia, igual que quien lee una historia de romanos, o -no hay que exagerar- una película de los ochenta.

Sentado todo ello, y excusándome por tan dilatado prólogo, demos principio a esta historia bélica, carcelaria -por lo que de aislamiento tiene- road movie y hasta podría catalogarse como de comedia española o “españolada” que así se decía entonces.

La presente crónica comienza con un viaje, el traslado en ferrocarril -rigurosamente vigilado y nocturno- hasta Málaga, donde embarcaríamos hasta nuestro destino final en África.

Lo primero a reseñar: la travesía resultó movidita. Y es que entre el mal cuerpo que de por si llevábamos y el que nos puso la propia mar, bastante alterada, pocos fueron los que no terminaron echando la pota en cubierta. La inexperiencia de muchos en el noble arte de la náutica hizo que sus degluciones -copiosas al principio- lo fueran a sotavento, con las consecuencias que para ellos y sus vecinos fácilmente imaginarán.

Para no cansar, tras un puñado de peripecias de mi interés, porque las sufrí en primera persona, auque ociosas para ustedes, les situaré en el destino final del periplo: unas instalaciones administrativas denominadas Mayoría Centralizada, ya que precisamente en eso radicaba su función: en ellas se agrupaba toda la contabilidad y demás funciones burocráticas de la plaza (en cuanto a nóminas, suministros, ingresos, pagos etc.). En la trasera del complejo, y como un apéndice, se situaba también un depósito de Intendencia al que acudían los adscritos a esa compañía para cargar o descargar provisiones que a su vez distribuían entre los destacamentos de la ciudad.

La importancia que para mí supuso tal almacén se explica en que gracias a él mantuve una buena relación con algunos soldados que, destinados -para su desgracia, pues su sede se situaba anexa a una bandera de la legión- en esa Compañía, sin embargo por suerte para ellos y precisamente por la existencia de ese almacén trabajaban en el mismo lugar que yo mismo.

La vida en ese núcleo cerrado, dentro de un territorio ya aislado de por si, no se podría calificar como dura, al menos si la comparamos con otros como la legión -aunque este destino era "voluntario"- regulares o unidades que sin resultar penosas per se, se transformaban en un infierno gracias a su proximidad con otras que si lo eran, convirtiéndolas por afinidad en destinos desgraciados para aquellos infelices que allí caían.

En Mayoría siempre nos consideramos unos privilegiados. ¿El motivo? Muy sencillo: a cambio de trabajar, y duro en algunas épocas, el régimen disciplinario en el interior resultaba bastante relajado. Trato afable; laxitud en el atuendo y costumbres; no servicios de cocina, limpieza, hostelería, de eso se encargaban otros; y sobre todo, nada de guardias. Se trataba de un hábitat regido por una especie de contubernio, de un pacto no escrito: trabajas con interés, minuciosidad y dedicación, y en contraprestación aquí dentro estarás casi como en la vida civil. “Do ut des” o “Quid pro quo” que dirían los latinos. Y es que la eficacia en aquel trabajo jamás podría haberse impuesto tan sólo con disciplina. Si alguien hubiera querido, la habría armado simplemente con introducir gazapos en la contabilidad, los que se habrían descubierto muchos meses después, justo cuando el autor -licenciado con honores- retozara feliz en su casa.

Para que el tiempo pasara más rápido, especialmente en épocas en que el trabajo escaseaba, solicité y se me concedió el honroso ministerio de encargado de la pequeña pero surtida biblioteca del recinto. De esta manera disfruté en ese tiempo de un rincón donde escaparme cuando quisiera y disponer a mi capricho del mayor tesoro que se escondía en aquel lugar apartado del mundo. En compensación, el trabajo era mínimo: catalogación -si me placía acometerla- fichero, reparto y control de los por desgracia escasos libros que se prestaban.

Lo cierto es que la tarea de bibliotecario contribuyó, además de a mantenerme con cierta ocupación cuando los periodos de baja actividad laboral, a continuar en el cultivo de mi pasión - casi vicio- por la lectura. Hay que convenir que once meses dan para voltear muchas páginas.

Antes aseguré, y casi no mentí, que estábamos rebajados de todos los servicios que no fuera nuestro propio trabajo en las oficinas. Ese “casi” lo constituyen las dos marchas -sólo dos- de las que no pude/pudimos escaquearnos nadie (escaqueo bonita palabra con recia raigambre castrense) y bien sabe Dios que lo intentamos. Se trataba de las famosas concentraciones en una planicie a lo alto de la ciudad llamada “Rostrogordo”. Allí, cada tres o cuatro semanas, se concentraba toda la guarnición de la plaza (puede que más de 20.000 hombres) después de caminar en formación por calles, vericuetos y callejuelas. En mi caso la marcha era de unos siete kilómetros, algunos de pronunciada subida, todos bajo un implacable sol y el sobrecogedor sonido de los tambores de la legión. Al final, agotados y sudorosos (no estábamos en forma para caminatas), alcanzábamos la grandiosa explanada donde hacía horas nos aguardaban, concentrados y ejercitándose en simulados juegos de guerra bajo la inmisericorde mirada de sus mandos, la practica totalidad de la guarnición del Tercio y Regulares, además de las otras tropas auxiliares.

Siempre pensé que estas maniobras, más o al menos tanto como su utilidad práctica a modo de entrenamiento, tenían otra fundamental: la disuasión. En efecto, si toda aquella parafernalia acojonaba, nos amedrentaba a nosotros mismos, qué no iban a experimentar los del otro lado, aquellos que en teoría nos sitiaban y a los que, llegado el caso, deberíamos romper las líneas para avanzar y salir de la ratonera; es decir los -usando un término hoy políticamente incorrecto- “moros” o como en la España actual se dice: magrebies.

La vida en el interior del Centro transcurría rutinaria, plácida, hasta diríase que perezosa. Los días caían con una pesada cadencia, y es que la emoción, el riesgo, el peligro acechaba fuera, en las calles, y no precisamente procedía del enemigo… Pero esa historia será objeto del siguiente capítulo.

lunes, 5 de julio de 2010

UN VIAJE A LA NOSTALGIA (LVII) "La serena furia de los eucaliptos"






LA SERENA FURIA DE LOS EUCALIPTOS
Rodrigo D’Ávila




Han transcurrido unos pocos años desde que -en su cama, martirizado por los que decían venerarle- murió el dictador y, aunque tibia e imperceptiblemente la vida política va cambiando, la otra, la cotidiana, más o menos se mantiene igual. También el ejército.

Y es que, lo que he venido aplazando sine die desde hace años se convierte en perentorio y urgente, ha llegado el die. Más o menos organizada mi vida civil, me dispongo a comenzar la otra; no, no se trata de la vida mística o contemplativa, ni tampoco de la vida alegre, sino la del cumplimiento de mis inexcusables y obligadas obligaciones para con la patria: el Servicio Militar.

He de reconocer que a lo largo de los años y en distintas ocasiones la varita de la suerte tocó mi existencia, en ésta puede que también fuera así. El azar, el destino o vaya usted a saber, dispuso que habría de pasar un año en una de nuestras queridísimas plazas africanas. ¿Suerte? Qué duda cabe de que sí… aunque tampoco negarse puede que fue de la "mala". Al menos eso pensé entonces. Hoy, después de tantos inviernos, los recuerdos sin virar a rosáceos tampoco pueden calificarse de completamente negativos, todo lo más el balance se resumiría en: perdí tiempo y dinero, sin embargo creo que lo que gané fue mucho más.

Previo al comienzo del servicio en si, hube de disfrutar durante un mes más o menos de lo que se denominaba “campamento”. Lugar: uno al borde del mar, cerca, muy cerca de donde el mediterráneo se convierte en océano. La ocupación: instruirte en técnicas y tácticas de campaña, en fin jugar a la guerra; o al menos eso era lo que se pretendía.

Pues bien, es precisamente de ese periodo del que me propongo dibujar apenas un par de pinceladas, porque lo cierto es que un mes da para muy poco.

En realidad instrucción o adiestramiento práctico apenas hubo, pues gracias a lo desapacible del tiempo -hay que decir que con lluvia no se salía al campo- y la oportuna enfermedad o indisposición transitoria -que recordar no quiero- los días de instrucción que practiqué se redujeron a dos, y eso sin exagerar, que si lo hiciera bien pudiera decirse que no aparecí por Camposoto, que así se llamaba el idílico lugar, poco que ver con el escenario de películas como El Sargento de Hierro o La Chaqueta Metálica.


Mis recuerdos se tiñen del gris negruzco de cielos encapotados; del verde caqui militar que se acentuaba con el otro de las lianas de los eucaliptos azotadas por el viento; del azul oscuro del cabreadísimo mar; o de aquel ocre del papel de estraza moteado de manchas de grasa, recipiente de fritura de pescaito, manjar por antonomasia de aquella tierra muelle/rampa de salida para conquistadores.

La verdad sea dicha, el tiempo, perezoso, transcurría como a tropezones, con la lenta cadencia impuesta por la perniciosa ociosidad que todo lo inundaba; cuan cierto es que el anhelo a que algo termine es inversamente proporcional a su duración real. De martirio chino podría calificarse este teorema que se me acaba de ocurrir.

Tan cierto como el atinado refrán: "no hay mal que cien años dure". Así que, por fin, una venturosa mañana de primeros de marzo, amenazados por los bejucos de cientos de eucaliptos que a nuestro alrededor el viento zarandeaba a su antojo, y tras una emocionante ceremonia, juré/juramos (puede que alguno perjurara) fidelidad a la bandera y retornamos durante un puñado de días a nuestros hogares. Aunque esto tan sólo constituye el principio de la historia que continuará en el siguiente capítulo. En ese, uno ya formará parte, en plenitud y cual Escipión, del glorioso y laureado ejercito de África.

viernes, 15 de enero de 2010

UN VIAJE A LA NOSTALGIA (LVI) ("Si hoy es 23 F esto es Neptuno)



SI HOY ES 23 F ESTO ES NEPTUNO
Rodrigo D’Ávila



Ha pasado los años, nos encontramos al comienzo de la década de los ochenta: 1981, más concretamente el 23 de febrero. Sí, ya sé que la fecha les sonará de algo, son de esas en que maldita la falta hace puntualizar el año. Igual que el 11 S, el 14 M, o si me apuran -y ya para iniciados- el 7 D (diciembre 1941, bombardeo a Pearl Harbor) o bien el 28/29 O (octubre1929, lunes-martes negro, crak de Walt Street). No cabe duda que nos hemos aficionado a las siglas hasta sobrarnos las palabras, tanto que al oír alguna de ellas, además de producirnos un cierto escalofrío, el sólo citarlas nos permite recordar con facilidad donde estábamos y que hacíamos en ese momento.

Pues bien -sin que suene a petulancia- he de decir que el 23 F yo estaba allí, no en el interior del Palacio de la carrera de San Gerónimo, pero casi. Por ello, creo que -por supuesto- la relevancia del hecho mismo y también la anécdota, la casualidad de lo que a mí directamente atañe, merecen le dediquemos unas líneas y ya puestos comenzar la historia desde el principio.

Ese día, muy de mañana, había arribado a Madrid, el motivo: asistir a un curso de perfeccionamiento en lo mío, el derecho administrativo. Recién terminaba de entrar en la administración pública y, cargado de la ilusión propia de la edad y del nuevo estado, comenzaba esa misma jornada las clases que anhelaba disfrutar como una prolongación a la carrera universitaria terminada apenas tres años atrás.

Dejé el equipaje en el hotel y, minutos antes de las diez, me encontraba en la puerta del lugar donde se impartirían las clases, en la calle Santa Engracia, muy cerquita de Alonso Martínez.

El día transcurrió con normalidad, aunque si bien es cierto que la situación política era de por si bastante crispada (dimisión del Presidente del Gobierno, atentados de ETA y GRAPO, mini golpe de estado abortado…) nada hacía presagiar lo que horas después ocurriría.

Terminamos hacia las seis y, como quiera la primavera se había adelantado obsequiándonos con una magnifica tarde (aunque he de decir que en Madrid-ciudad yo jamás sentí frío), opté por regresar al hotel dando un paseo. Bajé por la calle Génova hasta la Castellana con la idea de continuar hasta el paseo del Prado. Ya por entonces se escucharon las primeras sirenas de los vehículos de la policía al tiempo que vi pasar muchos de ellos a todo gas, como si fueran a apagar un incendio, lo que en cierto modo y como más tarde supe era su misión.

Algo ha ocurrido, pensé para mí, no obstante en la juvenil audacia que entonces me adornaba continué la caminata, aunque la prudencia aconsejara dirigir los pasos justo en sentido contrario al que llevaban los del chocolate con porras, como entonces se conocía a los agentes del orden.

Así, unos minutos más tarde alcancé la plaza de Neptuno la que se encontraba cortada por la policía en su dirección a la carrera de San Gerónimo. Allí coincidí con bastante gente que se arremolinaba expectante con los ojos puestos en el palacio de las Cortes. Un segundo cordón, éste de Guardia Civil, se situaba metros más allá cerca del palacio, también los había en edificios cercanos y en el mismo tejado de aquél.

La confusión era notable, nadie acertaba a explicar lo que ocurría, fue entonces cuando un rumor emergió y corrió de boca en boca: ETA ha ocupado el Congreso de los Diputados y mantiene secuestrados a éstos y también al Gobierno en pleno. Para mejor situarnos, recordaré que en ese momento se votaba la investidura de Leopoldo Calvo Sotelo como nuevo Presidente del Gobierno, tras la dimisión de Adolfo Suárez.

Mientras el gentío se multiplicaba en los alrededores de la fuente de Neptuno, contemplé a varios vehículos oficiales traspasar el cordón policial y detenerse ante el hotel Palace descargando autoridades, precisamente las que permanecían en libertad por encontrarse fuera del Congreso en el momento del golpe. Así reconocí, entre otros, al Director de la Seguridad del Estado (abulense por cierto) y a los Directores de la Policía y Guardia Civil.

No pretendo dármelas de aprendiz de Nostradamus si afirmo que tenía claro, fuera lo que fuese lo que sucediera dentro del Palacio, que me encontraba viviendo en primera fila - aunque paradójicamente bastante desinformado- unos momentos históricos para el devenir de nuestro país.

Por fin, a eso de las ocho, la policía cargó contra los ya miles de personas que rodeaban - al seguro que perplejo- Neptuno para disolver aquella manifestación en ciernes que espontáneamente se había organizado. Ni que decir tiene que fui uno de los primeros en salir corriendo, mientras recordaba tiempos no tan lejanos en que mi/nuestros perseguidores, mis/nuestros miedos eran una informe -aunque de uniforme- masa gris.

Llegué al hotel y allí, en recepción, me relataron lo ocurrido, lo que todos conocemos. El final ya se sabe. Lo cierto es que en aquellas horas y las siguientes hasta bien entrada la mañana del 24 F, se decidió el futuro de España y puede que también, aunque para cada cual en diferente medida, el de todos.
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